Por: Griselda Lira “La Tirana”

Para mi gallo, El Azteca.

El palenque
Vienes a mí, sospechoso, tan negras son tus intenciones que las plumas de tu sombrero se han tornado verdosas, color maguey, color mosca panteonera. Guardo silencio porque detesto el espectáculo violento de los palenques, pero de reojo, te veo
caminar entre la gente, sacando polvo igual que el cabrón del Tezcatlipoca: oscuro, misterioso y hechicero como el pulque. Te distingues como un gallo de pelea portando un tremendo pistolón en el holster de la pierna derecha; ese plumaje real de tu porte que refleja los astros, la luna y las estrellas, es seductor y nunca lo he negado corazón de las tinieblas.
¡Ay espejito de obsidiana voy a apostar! “Van treinta mil dólares por ti pinche gallito chingón; si gano, te voy a ocupar para la crianza, mis gallinitas de rancho hidalguense seguro que van a estar felices contigo, quiero ver cuando las pises y llenes mis corrales de hartos pollitos prietos como tú; claro, no va a ser cualquiera, vas a ser tú el que las preñe mi gallo semental, El Azteca”.

Tú solo tú, has llenado de luto mi vida
El mariachi toca y toca. Antes de que termine la pelea le pido a mi chamaco fiel, el Incógnito, que se espere y recoja el dinero porque sé que esta apuesta, ya la gané y porque no quiero ver la sangre correr como riachuelos que desembocan en el mar de la
muerte llamado Tenochtitlán. Ya todos están muy briagos, la violencia cunde a diestra y siniestra, nos han convertido en esclavos de la pornocracia llamada, su Majestad la
Chingada, otrora la Malinche. Salgo en silencio y evito verte, todos están embrujados por ese pulque que pagué para la fiesta; como soy un alma común y corriente, nadie lo nota.

Los niños ricos
“Los viajeros en el tiempo” es una de las mejores series de televisión que he visto, se cumple en estos momentos en que me topo, en unos de mis viajes por el Oriente con el hacendado Torres Adalid, una princesa de “Las mil y una noches” versión a escondidas que, si no se le pone alfombra roja voladora y mágica, se enmuina, imposible no notarlo en sus ojos negros, según él, de indio, yo digo que de tlacuache ratero de cachivaches.
Las redes sociales y la cultura misógina, los han convertido en las vedettes de moda con sus juguetes que no prestan y solamente los sacan a presumir los domingos después de misa (cabe señalar que son ateos pero idólatras, así la Nueva Era) durante las fiestas patronales o en eventos de los pueblos mágicos, propiedad privada marca élite y para la foto que justifica el presupuesto.

Mientras tanto, los pobres nos quedamos mirando cómo los hípsters se han apropiado de todo lo que nosotros considerábamos instrumentos de uso cotidiano en las cocinas
de nuestras familias campesinas y debemos guardar silencio o nos matan con sus calumnias. Clichés y merca que va de la apreciación a la apropiación, mera sustancia para arrodillarse ante la subculturas y las ideas de los niños ricos que ya la tienen ganada con sus lindos apellidos, sus historias para turista y antes de que se les ocurra la idea.
¡Ah! pero no les digas nada porque de inmediato te sacan el tremendo pistolón de los señalamientos y las acusaciones patriarcales. “Esa pinche puta, limosnera divorciada, madre soltera, malquerida, enferma, tóxica, loca, quién se cree, mejor que preste yo si me aviento una revolcada con ella, vieja loca”. El dedo apunta, pero hay tres que ya se embarraron de excremento igual que Nietzsche con sus aficiones por tragar heces. Son
los intocables pensadores, los terratenientes del conocimiento e inquisidores liberales, los doctores de la ley de Herodes y su compadre Robespierre.