Le pregunté a Chuy si pensaba irse de aquí, pues ya ve como es: con su cabezota en forma de nube y sus zapatos negros como el chapopote desgastado de los baches. Nunca se sabe lo que decidirá.
Me respondió que quizás, pero no ahora. Comprende que esto está muy tenso, y que me preocupa el futuro, pero ahora no es el momento.
¿Recuerda cuando usted y yo fuimos a las jardineras del Reloj? Me acosté en el pasto desgastado por la constancia del sol. El calor me ponía el cuerpo todo pegajoso porque mi mamá se empeñaba en vestirme con ropa de franela aún sabiendo que nunca me quedaba quieta, y mucho menos en la sombra.
Usted me compró un helado, se sentó cerca de mí y simplemente vimos a las personas pasar.
El sol continuaba muy arriba, el bullicio se alimentaba de todas las conversaciones que nos rodeaban, pero usted y yo estábamos tranquilas, quietas.
“Mañana yo sí voy, ¿tú no?”
Me quedé pensando. Tengo trabajo por la tarde, me siento agotada y sinceramente desearía entender mejor la profundidad de la situación. O quizá, desearía no estar en ninguna situación. Han sido semanas muy desgastantes.
“No lo creo, pero si vas cuídate, Chuy.”
Es un joven curioso y con convicciones fuertes. El próximo fin de semana platicaremos sobre sus conclusiones y sé que para ese momento deberé tener las mías. Es un deber.
La noche continuó eterna y silenciosamente melancólica, como siempre supimos que era la naturaleza de nuestra amistad.
Mañana iré a recostarme en el pasto, continuaré leyendo las noticias, la recordaré nuevamente… y quizá me iré de aquí.
P.D.
Estoy segura de que él le habría parecido algo extraño pero buena gente, de haberlo conocido.




















