Por: Alejandro Ordóñez

2. Al servicio de su majestad, la reina.
Fue un día extraño, desde el balcón de la recámara de la condesa Abby pasé un rato viendo como Sombra, Caruso y Allan jugueteaban con una rata antes de matarla y de comerle la cabeza. Espectáculo bárbaro, de nuestra naturaleza felina, aunque yo no sería capaz de atrapar entre mis fauces a un ser que se agita y lucha por su vida, además odio el olor de la sangre y ese aliento fétido que deja en quienes comen carne cruda. Soy un tanto sofisticada, no en vano soy la Gata Christie, consentida de la misma reina, según dicen por ahí fuentes confiables de palacio. Como croquetas, las amo, pienso que son el mejor regalo que nos hiciera el hombre. Asqueada del espectáculo regresé a la alcoba de Abby, las cosas no le iban bien, pasó horas frente a la computadora, luego la apagó, sacó su pluma fuente de oro y se dedicó a escribir a mano, pero ni así llegaba la inspiración, daban fe las hojas arrugadas que ocupaban medio cesto de basura. Día de entrega de sus reportajes al Daily News y al The Guardian, pero las ideas no fluían. Para colmo escuchamos discretos golpes en la puerta, se abrió lentamente y apareció Charles, el mayordomo. Apenas vi su gesto supe que las cosas empeorarían. Mi señora, dijo, disculpe la interrupción, sé que no debo hacerlo, pero la busca lady Margaret, dice que es urgente. La condesa hizo un gesto de enfado, páseme el teléfono, Charles. No mi señora, lady Margaret aguarda en el salón. ¿Cómo, sin cita ni aviso previo? Imposible, no estoy presentable. Por favor dígale que aguarde. Volteó a verme, querida Christie, ¿podrías hacerte cargo mientras me arreglo un poco? Miau -asentí- y bajé a entretener a la visita. Nunca había visto así a la jovial y alegre lady Margaret, amiga de todas las confianzas de la reina. Me cargó en su regazo pero su mirada estaba ausente, tenía el aliento amargo, cosa inusitada en ella y el corazón le latía apresurado. A pesar de mis esfuerzos permaneció en silencio.
¡Hola querida! ¡Qué gusto!, saludó la condesa. Perdona la falta de consideración a tu agenda, dijo lady, pero traigo un encargo urgente. No, no se trata de su majestad pero es algo que preocupa en palacio. Ocurre que un noble de rango menor tiene amistades peligrosas que pueden comprometer seriamente el prestigio de la realeza. La soberana es informada diariamente de la llegada de personajes importantes; así, supo que hoy llegó a Heathrow, el multimillonario Howard, famoso por su conducta licenciosa, sobre el cual pesan serias dudas en relación con fiestas que organiza con jovencitas, a las que invita a personajes poderosos; se rumora que los graba y aunque no se conoce que haya hecho mal uso de esos videos, siempre existirá la posibilidad de que caigan en malas manos. Para mayor referencia, nuestros servicios de inteligencia informaron hace tiempo de la fiestecita celebrada en una isla, a la que acudieron artistas y políticos famosos -aficionados a las jovencitas-, entre ellos nuestro lord Pedmington; hubo necesidad de acudir a fuentes diplomáticas para acallar el escándalo, y ahora que sin motivo aparente nos visita, es de temer que busque al lord. Comprenderás querida Abby que el asunto es considerado por la casa real como secreto de estado, al grado de que ni siquiera han querido usar los servicios de policía o inteligencia, del reino. Está bien, dijo la condesa, lo primero será localizarlo, ¿saben dónde se hospeda? No, pero tengo una idea, contestó Margaret, ¿por qué no empezamos por el Dorchester? Les encanta a los famosos, llamemos a la recepción.
En efecto, lady tenía razón, el millonario se hospedaba ahí y una llamada telefónica de palacio bastó para que nos alojaran -con todo y la tropa minina- en la suite contigua a la de Howie, como le dicen sus amigos. A partir de ese momento me hice cargo de la logística. Sombra y Caruso en la recepción; Allan cerca de los elevadores y yo afuera de la suite de lord Pedmington, vamos a llamarle así a ese noble juguetón, porque las gatas somos muy discretas y no sería cosa de venir a develar asuntos que con gran empeño logramos mantener en secreto. Se presentó en recepción un individuo llamado John Adams, quien dijo ser asistente de míster Howard y contar con una reservación a su nombre. Sombra me pasó la información y nos llevó hasta la puerta de la habitación de Adams. En ese momento llegaba el equipaje así que Sombra y yo aprovechamos para colarnos. El hombre se sorprendió al vernos dentro, pero le caímos bien, habrá pensado que éramos los exterminadores de ratas, del hotel; yo me esmeré por resultarle simpática. Tomó el tipo su celular que encriptaba voces y datos para impedir el espionaje -según le escuché-. Mister Howard, dijo, soy John, ya estoy aquí y me dispongo a dejar todo listo; si le parece bien alquilaré un vehículo que no llame la atención. La casa está contratada, le mando la dirección por mensaje, se ubica en Hampstead, a seis kilómetros de Londres, un tranquilo barrio residencial próximo a la pérgola de Hill Garden. Por Finchley road, una vía de acceso muy discreta, pierda cuidado. Lo de los bocadillos y bebidas está resuelto, los llevarán a medio día, dejarán todo a modo y se retirarán. Usaré seis cámaras inalámbricas, no tienen memoria pero estarán conectadas a una laptop, las tomas de las cámaras se grabarán ahí y se respaldarán en una USB. Después habló con un tal Hans, le pidió llevara diez botellas de ginebra sin añejar, ya sabes que el vejete odia lo viejo, prefiere lo tiernito, él llevará cinco botellas de whisky, esos sí, más que añejos. Son como Johnnie Waker, cien años y siguen tan campantes, al menos eso dicen. Llévalas al oscurecer, tienes la dirección, no llegues antes, no quiero miradas indiscretas. Las recoges la tarde del día siguiente. Bueno es que hay viejitos muy golosos. Alecciónalas bien, no quiero remilgosas. Después salió de la habitación, Sombra bajó veloz por las escaleras, lo encontró en recepción; alquilaba un auto, lo recibió y lo entregó al valet parking, Sombra siguió al coche hasta el lugar donde lo estacionaron y subió a ponerme sobreaviso. Señalé el mapa que tenían encima de la cama, Abby comprendió que quería decir algo, lo extendió, el plano venía acompañado de fotografías de los sitios turísticos, busqué hasta encontrar la pérgola. ¿Quieres decir en Hampstead? ¡Miau! ¿Cuándo es la reunión, mañana? ¡Miau! ¿La organiza míster Howard? Asentí con la cabeza. ¿Sabes si lord Pedmington está invitado? Negué. De todas maneras, dijo lady Margaret, no puede haber otra fiesta, debe ser esa. ¿Sabemos en qué automóvil se trasladará? Asentí y señalé a Sombra. ¿Está en el garaje del hotel? Y allá fuimos. Nos colamos sin llamar la atención de los empleados que para entonces veían un juego de fútbol por la televisión. La condesa Abby sacó de su bolso un celular y una batería de larga duración, desactivó todas las funciones, menos la del geolocalizador y lo introdujo entre el respaldo y el asiento trasero, verificó en su teléfono y vio que el aparato funcionaba a la perfección. Abby habló por teléfono a uno de los periódicos, consiguió prestada una camioneta panel usada para transportar los diarios, con la ventaja de que el compartimento de carga queda aislado y la puerta tiene un picaporte por fuera que hace imposible abrirlo por dentro. Abby y yo recogimos el vehículo y los demás se retiraron a la habitación. Sólo Allan quedó de guardia junto al auto.
Al día siguiente Adams salió de su habitación, sin equipaje, así que seguiría ocupando el cuarto. Fuimos tras él, con la seguridad que da el geolocalizador lo seguimos a distancia para que no nos descubriera. Llegó y se fue el camión del servicio de banquetes, la casa estaba en silencio, alejamos la camioneta, decidimos que lady Margaret y Abby aguardarían en ella, fui con los muchachos a explorar la casa, nos retirábamos cuando Adams me vio. Cubrí la retirada de mis compañeros y melosa me acerqué al hombre. ¿Qué haces aquí gatita, no estabas en el hotel? ¿Cómo llegaste aquí y supiste dónde hallarme? Me levantó bruscamente, su gesto había cambiado, era un animal olfateando el peligro. ¿Quién te trajo? Yo maullaba desesperada como si no supiera regresar a casa. Subimos al auto, sacó un arma de la guantera, cortó cartucho, pensé que había llegado mi fin. Me vas a llevar con la persona que te trajo, si no, aquí terminaron tus días. Gruñí enfadada, salté y me escondí bajo el asiento. Trató de sacarme, solté un zarpazo, tres hilitos delgados de sangre, en su mano, dieron cuenta de mi fiereza. Se llevó la mano a la boca. ¡Maldita! no lo vuelvas a hacer, a mí ninguna mujer o gata me hace esto, no lo permito, volvió a intentar sacarme de mi escondrijo, llené de aire mis pulmones y solté un bufido que habría envidiado un tigre. Bajó del auto, estaba desconcertado, parecía tener miedo. Sacó de su bolsillo una barra de chocolate, me la acercó. La rechacé, habría querido decirle: tonto, soy gata evolucionada, sólo como croquetas. Se rascaba la cabeza, soltó la carcajada. Gata traviesa, me seguiste dentro del hotel y en una distracción subiste al auto. Sonrió, quieres que sea tu amo. Salí de mi escondite, maullé y ronroneé mostrando cariño. Acercó su cara, besé su mejilla. Coqueta, dijo, eres una coqueta, has de traer locos a los gatos del Dorchester. Lo acompañé a colocar las cámaras, luego al cuarto, me senté en sus piernas y aunque intentó bajarme, insistí. Vi la computadora donde quedarían grabadas las imágenes, así como el pequeño accesorio donde se guardaría la información. Se hacía de noche, llegó y se fue un vehículo del que bajaron diez jovencitas, volvimos a la habitación que hacía de estudio, el frío arreciaba, salió por leña para prender la chimenea, aproveché para revisar las rutas de escape, estábamos en el segundo piso, cerca de la ventana había un árbol al alcance de las manos. En caso de extrema urgencia el hombre podría escapar por ahí, por más que no dejara de ser impresionante ver la distancia que nos separaba del suelo firme. Maullé fuera de la ventana y como por encanto aparecieron los muchachos, treparon al árbol y supe que estaban en alerta máxima. Llegó el millonario, luego los invitados, de entre los cuales reconocí a lord Pedmington, lo había visto en las fotografías del periódico. Empezó la música, se escuchaban gritos, carcajadas y la animación crecía, las chicas eran perseguidas por uno u otro varón, gritaban como si tuvieran miedo y trataran de escapar, lo que parecía excitar más y más a sus captores. Adams trabajaba diligente enfocando una cámara, luego otra, acercaba las imágenes de forma que se pudieran distinguir las facciones de los hombres o las alejaba para que se viera el enorme salón de la fiesta, el calor debió ser sofocante porque empezaron a quitarse la ropa hasta quedar desnudos. Se besaban, se abrazaban, acariciaban a las jovencitas y no contentos con una, buscaban a otra y a otra más. Pasaba la media noche, los muchachos esperaban ateridos, en el árbol, decidí que era suficiente, esperé mi oportunidad, Adams fue al sanitario. Entró confiado, llamé a los muchachos, la puerta del baño tenía un pasador por fuera que, de correrse, haría imposible abrirla desde adentro, además era de fuerte roble. Allan, el especialista del equipo saltó infructuosamente hasta que por fin logró mover ligeramente el pasador, volvió a insistir, lo corrió hasta el otro extremo justo en el momento en que Adams trataba inútilmente de salir. Teníamos todo previsto, zafamos la USB y aprovechando el cordón que traía, la colgamos en mi pecho. Arrastramos la computadora hasta arrojarla dentro de la chimenea, la cubrieron lenguas de fuego. Salimos, estaba en marcha la siguiente fase del plan. Sacamos troncos de la chimenea cuyo extremo no ardía aún, los dejamos caer en sitios estratégicos para que las llamas no bloquearan las rutas de escape. Entramos a la gran sala y empezamos a maullar como si estuviéramos viendo a la muerte, primero no hicieron caso, pero luego percibieron el olor del humo y vieron el fuego, los hombres fueron los primeros en reponerse de la sorpresa, salieron corriendo y cayeron en manos de la policía, cuando las jóvenes intentaron seguirles mis camaradas bufaron, maullaron y gruñeron, aterrorizadas no sabían qué hacer, la que intentó hacernos frente se llevó tal cantidad de araños y mordiscos que desistió de su intento y terminó dejándose guiar junto con las otras, hacia la ruta de escape prevista, lejos de la policía; por lo que respecta a lord Pedmington, quien no sabía si vestirse o huir, Sombra mostró sus dotes histriónicas, se esponjó y aulló de manera tan agresiva que lo hizo retroceder, como viera que no se decidía, empecé a morderle los tobillos. Las patrullas y los camiones de bomberos hacían gran estruendo y una voz metálica que salía de un altavoz apremiaba a la gente a salir antes de que fuera tarde, Pedmington comprendió que de seguir ese camino sería arrestado y se suscitaría un escándalo; dudó, por fin corrió hacia la ruta de evacuación que teníamos prevista para él, salimos por la parte posterior de la casa, lo obligamos a correr hacia la carretera, se acercó una panel con las luces apagadas, nos han descubierto -pensé-, pero no, era la del periódico. Lady Margaret bajó de un brinco y con autoridad ordenó a lord Pedmington: suba antes que lo vean, vinimos a rescatarlo, el hombre obedeció sumiso. Hay una cobija, cúbrase con ella para que no se siga enfriando, cerró de un golpe la puerta de carga y el candado. Listo, dijo, de aquí ni el Gran Houdini escapa. Estábamos a punto de llegar al camino cuando nos detuvo una patrulla, se acercó un policía, pero al ver el logotipo y el nombre del periódico, gritó a su compañero, son las chicas de la prensa. Siguiendo las instrucciones de lady Margaret reemprendimos la marcha hacia una dirección desconocida. Estamos cerca, dijo, Abby detuvo la marcha, cogió la USB que colgaba de mi cuello. Bajamos la condesa y los compañeros de la guardia gatuna. Aguarden aquí, dijo Margaret, no tardo, se perdieron en la noche las luces rojas de la panel.
No había pasado una hora, se acercó una camioneta con las luces intermitentes encendidas, se abrió la puerta, lady Margaret nos recibió con una carcajada, ya de regreso a la mansión de Abby, fue contando: Se lo entregué a su madre, así como la USB donde quedó grabada la fiestecita a la que acudió su bendito hijo. La condesa nos acarició, uno a uno. Margaret, dijo, ¿te has dado cuenta que nuestros amigos son cuatro?; sí, continuó, cuatro como los mosqueteros de la reina.