Por: Mónica Teresa Müller
Alguien dijo que los ángeles andan de vacaciones, el tuyo debe estar ofendido porque cuando lo llamas no te responde. Tú piensas que es por lo de aquella vez, esa tarde en la que pudiste contemplar la alocada carrera de las nubes sombreando, de tanto en tanto, la piel del planeta. Quizá el último resplandor te dejó mensajes ocultos.
Nunca habías estado como ese día, tan cerca del sol y jamás habías intentado descubrir los dibujos de las nubes, ni descifrar los secretos del viento rozando tu tez. La playa solitaria era tu pertenencia.
Esa tarde hervía tu cuerpo sobre la arena, aumentó tu energía y, poco a poco, adquirió el poder de la seducción. Considerabas que todo era de buen augurio. Era indudable que estabas entregada a la brisa que te acariciaba con manos invisibles. Habías permitido con tus pensamientos endebles, que el viento se llevara los consejos de tu madre: “…que no salieras con desconocidos.”
Tenías flojos los breteles del vestido y quedaron al descubierto tus senos adolescentes. La falda levantada dejaba ver los muslos al tiempo que tiritabas, comenzabas a encenderte con sólo pensar en él, porque presentías que estaba por llegar y querías que todo fuera inolvidable. Aunque aún ejercían su magia los cuentos de princesas y caballeros, estabas decidida a jugar y ganar porque tus quince años te permitían ese lujo.
Lo deseabas igual que él a vos desde que se habían conocido en ese verano de sentimientos sin tapujos. Estabas decidida a jugar al amor y el termómetro de tu cuerpo así lo indicaba.
El mar avanzaba sobre la playa en la que estabas sola, eras una diosa en celo. De pronto, una sombra se interpuso entre tu cuerpo y el sol; una figura hábil te hizo conocer el gozo y se adueñó de tu candidez. Sin darte cuenta, te perdiste en un juego vestido de traición que te invadió sin reservas y engulló tu inocencia cómo los invasores a sus víctimas. Tus piernas extendidas se entregaron, ambos desfallecieron y resucitaron, una y otra vez. Te sentiste primera actriz en el final de una película, pero desconocías que era el comienzo de otra historia.
Cuando te diste cuenta que el dolor era superior al placer y que el juego se había tornado en insaciable, en donde la voracidad era la figura principal del encuentro, bajaste los párpados y viste la figura de tu madre.
Los besos de él continuaron provocadores. El sol entró en tu boca entreabierta y se internó en el espacio de fuego que ardía y coloreaba el pentagrama de tus gritos. Las caricias se volvieron hirientes, no imperó la insinuación y la ternura fue demolida por la presencia de un hombre diferente.
Un pinchazo lastimó tu carne. Ingresaste a un mundo en el que te transformaste en una cosa y se confundieron: el amor traicionero de un verano, con rostros desconocidos de otros hombres. Sí, fue el comienzo de otra historia y tronaron palabras maternas relegadas.




















