Por:Alejandro Ordóñez
Nací en San Andrés de los Altos, un caserío enclavado en las montañas, donde los hombres trabajan de mineros, las mujeres en las milpas y los niños -desde pequeños-, llevando a pastar a los rebaños de borregos y de chivos. Éramos tan pobres que estaba castigadísimo perder a un animal, a quien le ocurría no le quedaban ganas de que eso se repitiese. Mi madre murió pronto, tendría yo unos ocho años, mi padre no tardó en llevar a otra mujer a la casa, y como ella estaba llena de hijos, el infierno empezó pronto. Mi padre no era malo, pero ella era la que mandaba y él no se atrevía a contradecirla, por eso nunca tuve defensa. Empecé de pastora a los diez, me iba siguiendo el camino que abandonaba pronto para internarme por tenues veredas, casi invisibles para el ojo humano, pero que los perros, las ovejas y los chivos de mi rebaño conocían de memoria. Salía del jacal al clarear el día, -tiritando de frío- a menudo envuelta entre la niebla que bajaba de la montaña, parecía un alma perdida en el purgatorio; más tarde, acalorada, deshidratada, bajo un sol inclemente, buscaba la sombra tenue de un huizache donde guarecerme.
Volvía a mi casa cuando las sombras de la tarde se iban apoderando del paisaje y el frío inclemente bajaba con ellas, llegaba sedienta y muerta de hambre, pues la botella de agua que me daba mi madrastra se terminaba antes del mediodía y el alimento que llevaba no alcanzaba a saciar mi apetito. Regresaba apenas a tiempo para ayudar a mi madrastra a preparar la cena; luego a acostarse, tendidos sobre unas esterillas de palma con las que cubríamos el piso de tierra, pegaditos unos con otros para espantar el frío, porque en aquel jacal no había más que un tablón que hacía las veces de cama, en el que dormían mi papá y su mujer
Dije que estaba castigadísimo perder un animal y a mí el primero se me extravió cuando tenía once años. Era un chivo negro que desde pequeño me dio muchos problemas. Rebelde por naturaleza, se negaba a obedecer y hasta a los mismos perros se les enfrentaba y los amenazaba con sus cuernos. No faltaba la ocasión en que escuchaba el chillido de alguno de ellos y luego los veía cojear o lamerse partes del cuerpo que parecían dolerles, lo que provocó que empezaran a pastorearlo en grupos de dos o tres. Cuando notaban que para variar se alejaba del rebaño, se llamaban entre sí y se le iban encima por dos flancos; así, cuando trataba de lastimar a uno, el otro lo mordía por los cuartos traseros; intentaba embestir al agresor y era atacado por otro perro, hasta que lo cansaban o le provocaban tanto dolor que no le quedaba más remedio que obedecer e incorporarse al rebaño; pero aun así no dejaba de amenazar a sus captores y de observarlos con miradas de odio, como lo hizo conmigo una tarde en que, harta de su rebeldía, lo sometí a varazos, lo malo fue que unos días después me pescó desprevenida, a la mera hora de la canícula, cuando el cuerpo reclama un poco de descanso. Debo haberme quedado dormida, porque cuando reparé lo tenía frente a mí, mirándome con sus ojillos llenos de odio y la cabeza gacha, a punto de atacarme; lo peor es que por un descuido había dejado mi vara lejos.
Lo vi, comprendí que estaba en serio peligro, busqué alguna piedra que estuviera a mi alcance para amenazarlo y quitarle cualquier mala idea que tuviera contra mí, pero no había ni un triste guijarro. Le grité con autoridad para que se alejara, pero en vez de disuadirlo pareció ofenderse con mis gritos, así que sin más provocación me atacó. Yo traté de defenderme, pero fue imposible, el golpe debió fracturarme algún hueso, y como no me atendió ningún doctor, jamás pude recuperar a la perfección el movimiento de la mano. Se me vino encima, me golpeó en la muñeca y todavía tuvo arrestos para darme un tope en las costillas; de no haber sido porque con el grito que di mi perrito llamado “Solovino” se puso alerta y lo atacó valientemente, hubiera quedado seriamente lastimada.
Llegué a mi casa cuando las sombras de la noche se nos venían encima. Mi madrastra, cosa en verdad extraña, aguardaba sentada a la puerta del jacal. Me vio, me saludó con la mano y tomó un aire ausente, aunque en el fondo no había tal, porque no había acabado de cerrar la puerta del corral cuando sentí que se acercaba por detrás de mí. Francisca, ¿qué hiciste escuincla?, falta un animal, ¿dónde lo perdiste? ¿Falta un animal?, pregunté retadora. No señora, cuéntelos bien, verá que están completos. Cuéntalos tú, escuincla mal nacida, que para eso estás y es tu responsabilidad. Para entonces mi padre aguardaba fuera de la choza como esperando ver en qué terminaba la disputa. Lo vi de reojo y por su gesto comprendí que bien haría si empezaba a contar. Falta el chivo negro -oí la voz de mi madrastra-. ¿El chivo negro?, pregunté mecánicamente. Ajá, me dijo. Efectivamente, faltaba ese infeliz, al que odiaba tanto. Lo último que necesitaba -pensé-, que ahora me castigaran por su culpa. Busqué en la memoria el último momento en que lo había visto. Recordé que ya para regresar romaneaba no lejos del rebaño, si no se lo comían los lobos y tenía la suerte de sobrevivir, era probable que lo encontrara al día siguiente.
¿Mañana, encontrarlo mañana?, repitió mi madrastra con tono enfadado. Sabes que eso es imposible, lo habrán devorado las fieras. Volteó a ver a mi padre, quien como chamaco que ha hecho una travesura rehuyó su mirada. Ella insistió, carraspeó para llamar la atención de aquel niño asustado que era su marido, a quien no le quedó más remedio que obedecer las órdenes que los flamígeros ojos de mi madrastra le giraban. La vio largamente, sin pronunciar palabra, como pidiendo perdón por la falta cometida. No lo halló, así que caminó lentamente, tomó una soga, arrojó un extremo y lo hizo pasar sobre una rama alta de un pirú; yo, sabedora de las costumbres del pueblo, ofrecí mis manos; él volvió a evitar mi mirada, con los ojos llorosos me ató por las muñecas y jaló la cuerda hasta dejarla tensa; para entonces mi madrastra se había hecho ya de unas varas de membrillo, famosas entre los niños por su flexibilidad y las dolorosas lesiones que producen. De un tirón me bajó las enaguas y yo ahí, con la pena de que mi propio padre me viera en calzones, aunque pronto olvidé mi vergüenza, al sentir en las nalgas el ardor de los varazos que mi infatigable madrastra me aplicaba con generosidad.
Durante la sesión de tortura mantuve los ojos fuertemente cerrados, cuando comprendí que el agotamiento de aquella mujer había podido más que su ira, los abrí y giré mi cuerpo hasta que nuestras miradas se cruzaron; estaba empapada en sudor y le temblaba el cuerpo por el esfuerzo realizado. La miré con el odio acumulado a lo largo de esos años y por primera vez encontré miedo en sus pupilas que se desviaron para no verme. Cuando mi padre liberó mis muñecas intentó acariciarme el cabello, pero rechacé su gesto y para que no les quedara duda de lo que sentía por ambos escupí al suelo; para evitar la humillación de que me vieran vestir recogí mi enagua y en calzones me fui caminando hacia el jacal. Tenía las nalgas llenas de verdugones y los calzones manchados de sangre por las heridas que cruzaban de lado a lado. Al otro día me levanté todavía de noche y para darles una nueva prueba de mi desprecio salí sin el agua y sin el itacate que cada madrugada me preparaba mi madrastra.
Recorrí a oscuras el camino ancho, cuando llegué al paraje donde debía abandonarlo, esperé a que clareara un poco, pues no se trataba de correr riesgos innecesarios. Impedí que el rebaño se entretuviera en pastar durante el recorrido que llevaba en mente y con la ayuda de los perros los obligué a caminar hasta el sitio donde tenía registrada por última vez su imagen. Reuní a la jauría, le expliqué que me alejaría por algunas horas, así que deberían mantener unido al rebaño; me acompañaría el Solovino, quien hinchó el pecho y ladró de gusto para que quedara claro quién era el jefe. Nos internamos entre las peligrosas quebradas donde le gustaba romanear al chivo, cuando comprendí que había entendido el sentido de la búsqueda, me dejé guiar por su olfato. Antes de verlo escuchamos sus lastimeros balidos, estaba en el fondo de una peligrosa cañada de la que difícilmente podría salir estando sano, mucho menos con una pata lastimada. De nuevo me dejé guiar por el instinto del perro quien, sin dejar de ladrar, me condujo a salvo hasta el fondo mismo de la hondonada. El chivo me reconoció de inmediato, soltó una lúgubre queja y se incorporó, dio dos o tres pasos para mostrarme su cojera y me dirigió su más triste mirada. Yo lo vi sin decir nada, pero luego empecé a hablarle con toda mi ternura: ¿Qué tienes mi amor, estás malito, te duele mucho la patita? Y a cada pregunta contestaba triste. Me fui acercando despacito, sin dejar de hablarle con cariño; cuando estuve frente a él le volví a preguntar: ¿Te duele la patita mi amor? Y él me dijo que sí, que le dolía mucho. ¿Y tú, cómo piensas que estoy yo? Me di entonces media vuelta, aflojé el listón que ceñía mi cintura, dejé que mis enaguas cayeran al suelo, bajé mis calzones hasta la altura de las rodillas y le dije: yo también estoy lastimada y me duele mucho, ¿comprendes cariño? ¿Y sabes por culpa de quién me hicieron esto? El inocente contestó como diciendo: platícame. ¡Por tu culpa cabrón! ¿Te das cuenta? El chivo vaciló, le enseñé el palo que traía como cayado. ¿Y sabes qué mi amor?, el que me la hace me la paga, ¿comprendes cariño? Me vio con desconfianza. Tomé una enorme roca, la levanté por encima de mi cabeza y entonces descubrí el terror en sus ojos. No, le dije, no te preocupes, sería demasiado fácil, te ahorraría muchos sufrimientos, así que me vas a perdonar, pero no va a ser tan sencillo, cariño.
Arrojé la piedra apenas a unos centímetros de su cabeza y tomé el cayado con ambas manos. El primer golpe se lo di en la pata lastimada. Escuché un grito lastimero que se fue repitiendo a lo largo de toda la cañada y el chasquido seco del hueso al romperse, seguido de interminables quejas; después, con toda parsimonia, como si se tratara de una ceremonia, procedí a fracturarle las otras tres patas. El pobre temblaba de dolor, era la viva imagen del terror más irracional y ciego. Cuando comprendí que no era sino una miseria viviente, lo cargué sobre mis hombros y regresé donde había dejado al rebaño.
Afortunadamente la jauría comprendió bien el mensaje y había cuidado que ninguna oveja se dispersara. Anochecía cuando llegué al jacal, mi madrastra estaba parada a la puerta, dijo algo a mi padre y ambos caminaron hasta el corral. Se me acercaron, arrojé a sus pies al chivo negro o lo que quedaba de él, quien empezó a balar como si quisiera acusarme de lo que le había hecho. Mi padre preguntó entonces cómo era que lo había encontrado y qué había ocurrido que llegaba en un estado tan lamentable. ¿Lamentable? -pregunté yo-. Lamentable como me dejaron ustedes y entonces levanté mi enagua y me bajé los calzones para que vieran mis heridas. Lo encontré en una cañada, estaba un poco lastimado, pero fui yo quien le fracturó las cuatro patas. La pena estaba pagada desde ayer, ¿no les parece? O qué, les dije desafiante, ¿van a volver a azotarme?, mientras ofrecía las muñecas a mi padre por si deseaba castigarme nuevamente…




















