La política exterior de un país debe apoyar y promover sus intereses nacionales representados por el gobierno en turno. La diplomacia es la herramienta para llevar a buen puerto esos intereses, considerando los casi 200 países que existen en nuestro planeta, aunque ya sabemos que se forman todo tipo de grupos, todos con mayores o menores roces y fricciones. Y en ese marco ¿la actual política exterior mexicana impulsa los intereses del país?

Si nos referimos solo a lo que va de esta centuria, observamos que México comenzó desde las últimas dos décadas del siglo pasado a ser visto como un jugador que se colocaba debajo de las grandes potencias: Estados Unidos, Rusia, China, la Unión Europea.

México abandonaba su papel de potencia regional, bien a nivel centroamericano y caribeño, bien a nivel latinoamericano, para ser un actor con puntos de vista que se escuchaban. Era la traducción, en el nivel de política exterior, de la fuerza económica que mostraba, respaldada en iniciativas como el Grupo Contadora, de los años finales del siglo pasado.

Uno de los momentos más importantes de ese nuevo papel mexicano fue 2008, cuando la crisis económica de ese año llevó al grupo de los 20, conformado por ministros de finanzas de economías desarrolladas y emergentes, a subir de rango y reunir a los jefes de Estado y de gobierno.

Pero hay que ser realistas. Si bien el ascenso de rango de ese foro significó incluir la voz de países con nuevos puntos de vista y ascendencia en sus regiones, como México, no ha llevado a cambios dramáticos en las relaciones de poder internacionales.

Quizá el ejemplo más claro sea el de la migración desde países pobres y con duros conflictos internos, hacia las naciones ricas, es decir, del sur al norte. Esa migración sigue a pesar de todo tipo de declaraciones e iniciativas, sin que se hayan dado modificaciones en las situaciones que llevan a la gente a abandonar sus países.

Algo se ha logrado en algunos países receptores de migrantes. No es lo mismo el tipo de acogida de Alemania en la Unión Europea, o Canadá en nuestro continente, al comportamiento de Estados Unidos donde el rechazo solo mejora en el discurso: rudo y discriminatorio si es un gobierno republicano, algo más tenue si es demócrata.

En ese contexto la política exterior mexicana era al menos la voz de un actor político no hegemónico, que podía transmitir preocupaciones regionales y adoptar posiciones de cuestionamiento a los intereses de las grandes potencias. Un ejemplo fue la invasión a Afganistán tras los atentados cometidos por Al Qaeda en Estados Unidos, donde México no participó.

La pandemia de Covid 19 significó un antes y un después en las relaciones internacionales. Coincidió con una fase aguda del enfrentamiento entre China y Estados Unidos gracias estilo de Donald Trump. Y si el coronavirus detuvo los canales de distribución de mercancías y materias primas, ese enfrentamiento es parte de la redistribución del poder, donde actores muy relevantes como Rusia, buscan recuperar viejas glorias sin importar que deban invadir países vecinos.

Y en ese proceso nada terso, una voz como la de México se extraña.

¿Sirve de algo para el país o el mundo que la política exterior mexicana no sea representada por su jefe de Estado en persona, por más experiencia o capacidad de su canciller?

A nivel latinoamericano la voz de nuestro país pesaba y era escuchaba. ¿Sirve de algo callar ante los más que excesos antidemocráticos y violaciones a los derechos humanos del gobierno de Nicaragua?

¿Cuál es la ganancia de tomar partido en conflictos internos como el de Perú?

¿Qué clase de lección histórica es recordar hechos del pasado como la Conquista, pero hundir en el silencio la perdida de la mitad del territorio y a quien la hizo?

Si hoy se llama a los votantes latinos en Estados Unidos a no votar por los candidatos republicanos ¿en 2024 se tolerará que los políticos republicanos digan a los mexicanos por quien votar?

En fin, la política exterior de esta administración federal está, en el mejor de los casos, ausente de los grandes escenarios y hechos, y en el peor, agudizando conflictos.
Mientras, países como India, Turquía o Brasil toman la estafeta abandonada por México y actúan.