Por Mónica Teresa Müller
Caminó por el parque. A unos metros se encontraba la playa de San Lorenzo, su playa, en la que los pies se hundirían. Le faltaban unos pasos para alcanzar el camino al mar.
Llegó al paseo del Muro y marchó por él. La luz apenas se asomaba, pero el resplandor era suficiente para que viera, en la mágica suplantación de las penumbras, las huellas que una vez más habían despertado el deseo de saber a quiénes pertenecían. La bajamar concedía el permiso para recrearse.
Había ido a horas tempranas y siempre las huellas estaban a su llegada. Descubriría qué significaban esa marcas sobre la arena parecidas a pisadas, que se dirigían hacia el sur y se reservaban el regreso.
Dejándose acariciar por la ventisca, llegó a los Jardines del Náutico, y al pasar la escalera tres, luego del lugar en el que aparecían las pisadas, bajó y se sentó junto al paredón que limitaba el arenal. “No habrá otro día sin que quede aclarado el misterio de las huellas”, murmuró.
Miró hacia la escalera dos. Le llamó la atención un niño, que parado al inicio de ella y con una mochila sobre la espalda parecía esperar algo. Frente a él, el agua turquesa bajo el cielo azul oscuro se apoderaba del entorno entre las brumas. El pequeño saludó a la mujer que había subido hasta el Muro y se acercó a la orilla del mar en donde las piedras ocupaban un amplio espacio.
El hombre caminó con lentitud. Vio que el niño apoyó la mochila sobre una roca luego, retiró de su interior dos botellas que introdujo en el mar y miró ensimismado como se alejaban entre las olas. Algo inexplicable erizó la piel del hombre.
El niño parecía tener seis o siete años. Volvió a agacharse, introdujo sus manos en el agua por entre las piedras y guardó algo dentro del bolso. Regresó por el camino andado y enfiló hacia la Escalerona, la que profundiza sus cementos junto al Muro.
— ¡Hola, niño!- saludó el hombre durante la subida. “Parece un Principito”, caviló.
— Hola- contestó y corrió hacia la mujer.
— ¡Mamá, mira!- mostraba una cajita- ¡Papá me dejó esto, encontró la botella, tenías razón mamita que buscara en ese lugar!
El niño vio al hombre, que parado a su lado no salía del aturdimiento.
— Sabe, señor – le dijo mirándolo a los ojos con la expresión que permiten crear las alegrías y continuó:- mi papá era el piloto del avión que cayó en el mar hace unos días, está en una isla, no puede regresar, pero no importa, nos comunicaremos con el corazón.
Ahora me mandó esta cajita, sé que en ella están guardados sus besos.- El hombre deseó alzarlo y apretarlo contra su pecho.
Él y la mujer que abrazaba al niño junto a su cuerpo, permanecían callados. Los ojos de ambos se hicieron cristalinos mientras el ruido del mar aquietaba la tempestad de los sentimientos. Pasados los minutos, la madre miró al hombre y casi como en un susurró, le dijo:
— No se sorprenda, señor, a doña Ilusión, por el momento, hay que permitirle vivir.





















