Por: Mónica Teresa Müller
Había utilizado el día de excursión con sus compañeros de estudios y allí estaba. Tenía miedo.
Sólo sabía de casas de engorde, casas en las que el turista tenía acceso a la compra. Viviendas para el negocio de vidas despreciadas. Ella temblaba.
La luz sobre las paredes del cuarto le permitió dibujar las rajaduras del revoque. Le parecieron arañazos con que el tiempo pretendió castigar al tiempo.
“Maldita vida”, murmuró. El rezongo le raspó la garganta con rabia. Estaba incómoda. Las formas de su cuerpo se hacían notar sobre el apoyo duro que no las contenía. Sentía que las nalgas apretujadas estaban presas mientras, los pies movían los talones sobre la tela rústica.
Todo estaba mal. No sabía en dónde poner las manos, le dolía la espalda. La humedad la sobrepasaba. La lengua calmaba, de tanto en tanto, la sequedad de los labios. La cabeza cubierta por un gorro traslúcido, permitió descubrir sus rulos oscuros aprisionados.
La inquietud la superaba y cuanto más evitaba
pensar, el efecto era el contrario. La transpiración corría a flor de piel.
Se recordó sola en el camino, casi una niña, con los pies sobre las piedras, el sol sobre la piel y la piel ajada hasta el rojo de la carne en llamas. Fue la primera vez que le desgarraron el alma e hicieron de sus ilusiones un manojo de espinas. Se vio tirada sobre los yuyos violados del campo. Fue un ovillo de miedo, de llanto por el pánico al después. Hasta ese momento no se había imaginado que ser mujer doliera tanto. Sus lágrimas se corporizaron y fueron hacedoras de caricias.
Se resistía tocarse como si tuviera incorporada la suciedad del hombre. “Maldita vida”, dijo entre sollozos.
Observó el cuarto y las manchas de negrura en el techo. Nada estaba bien.
Las piernas parecían no pertenecerle. Como pudo estiró los brazos al costado del cuerpo de sus quince años. Incrustó las uñas en los muslos. Los hilos de sangre corrieron presurosos por la adolescente ruta. Era una penitente arrepentida de todo, de la vida misma. Abrieron la puerta.
— En un rato estamos con vos- dijo la mujer que la había recibido al llegar a la casa.- tranquila. La señora que te va a hacer el trabajito, está por llegar.
Estaba confundida. No recordaba quién le había recomendado ese sitio. Las imágenes se mezclaban. El resultado de los análisis realizados en el pueblo vecino, la había perturbado. Era su secreto, nadie en su pueblo, la señalaría.
Oyó un llanto en el cuarto contiguo que aceleró su respiración. Se imaginó observándose desde lo alto del lugar. Colocó las manos sobre el vientre, lo acarició despacio, poco a poco, como si lentamente fuera barriendo la culpa.
De pronto, una fuerza interior la fortaleció. Las palmas de las manos palpitaron junto a los otros latidos. Ella tiritaba. Haber sido mujer no le pareció tan doloroso. Con esfuerzo se puso en posición fetal para proteger y protegerse. Suspiró profundo, bajó de la camilla y se dispuso salir. En ese instante, decidió desterrar la soledad.





















