Por: Mónica Teresa Müller
La niebla de la mañana impedía que Cacho viera con claridad los autos que recorrían el camino. Arrastraba el carro que utilizaba para la diaria recolección. Todo era de utilidad y vendible. Él era su propia mula que tiraba el armatoste y sin descansos domingueros. La Villa Ombú cobijaba sus necesidades y escondía entre los pasillos, las angustias.
Cuando paró frente a su casilla y comenzó la descarga, empezó por una caja muy pesada; trastabilló al intentar apoyarla sobre el piso y el contenido quedó desparramado. Eran recortes de diarios enganchados en varios grupos en los que se encontraban notas sobre personas conocidas y reconocidas en diferentes actividades. Recogió un grupo para ojear.
Los perros de los vecinos acapararon su atención por un momento, intentó calmarlos para que no ladraran; las mañanas de los domingos sus hijos dormían hasta casi el mediodía. Al hacer el movimiento se le cayeron los papeles que agarraba. Sobre la tierra de la calle quedó a la vista un recorte de la revista Página /12 con la cara del psicólogo social Alfredo Moffatt y una nota suya en letras grandes: “Los desaparecidos sociales”.
El carro había quedado inclinado, y sobre su parte alta se sostuvo Cacho. “Que la parió a la vida”, dijo. Levantó el recorte. No leyó con rapidez, pero entendió lo escrito.
Poco a poco, el Cacho y el Cachito de los años noventa, se encarnaron en un sólo recuerdo.
Allí estaba Alfredo, el amigo, la guía para muchos que como él habían sido chicos de la calle y tenían historias similares en las que aparecían padres borrachos y madres que los castigaban si no lograban limosna.
En la nota, el periodista había escrito de su amigo: “Dentro de las organizaciones autogestivas por él erigidas se destacan, Radio La Colifata, El Bancadero, Las Oyitas…”
A Cacho lo habían socorrido colaboradores del Bancapibes, época en la que su cama era un hueco en Plaza Once y nadie se preocupaba por él. No había sentido manos que lo acariciaran sin un interés carnal como fin. El hombre tiritó y pensó en sus hijos que dormían dentro de la casilla.
El cartonero despintó la mugre de la cara, un hilo de agua caía desde sus ojos que miraban el pasado; no recordaba las veces que había sido violado, maltratado y vendido o haber robado para hacerse de poxi.
Su piel de cartonero, castigada por el viento del otoño, el sol del verano y el frío de rapiña invernal, ocultaba las heridas perennes: las de la vida.
Cacho y Cachito se mezclaron en la mañana de niebla y crearon una bruma propia que se disipaba con la lectura de cada línea del artículo. Era verdad, “…la sociedad es cada vez más caníbal y menos solidaria”.
El sol del séptimo día asomaba débil entre las chapas y maderas de las viviendas. Cacho acercó contra su pecho uno de los recortes. “Te tengo junto a mi corazón, viejo”, murmuró en un sollozo escondido y presionó la hoja del recorte con la cara de Moffatt remarcada por su inconfundible barba.
Cachito era chico para entender de psicólogos sociales y de terapias de grupo, pero se había dado cuenta que el corazón le latía con fuerza y que muchas manos de ayuda le generaban confianza.
El hombre guardó los recortes en la caja. Algo mágico había sucedido porque hacía largo tiempo que no recordaba su niñez. Reconoció que era un desagradecido. Miró la casilla y pensó que era el fruto de su trabajo para sus hijos y la Negra, compañera del Bancapibes, que era una madraza.
Se había enterado de la partida de su amigo por televisión. Cacho se sentó junto a la puerta de su casa, cubrió la cara con las manos y las apoyó sobre las rodillas. Ya no le podría decir a don Alfredo de sus logros como persona, del amor por sus hijos y la Negra, y que él le había enseñado a vivir. No podría abrazarlo y decirle: ”Que la parió a la vida”.




















