Por: Alejandro Ordóñez
Cuando el fraccionamiento salió a la venta, lo anunciaron como el sitio ideal para promover la unión familiar y la crianza de los hijos, con la ventaja de estar a unos cuantos kilómetros de la ciudad; así, pronto lo poblaron familias jóvenes con hijos pequeños que se volvieron dueños del parque, del camellón y hasta de las calles pues aprovechaban las cuestas para descender con patineta y en bicicleta o para convivir en franca camaradería -más tarde nacerían los romances-. Rodeado de cerros, un arroyuelo y una presa donde se podía remar en canoa, era casi el paraíso. Por las noches los visitaban mapaches, cacomiztles y hasta zorrillos que dejaban huella profunda de su paso. No se supo de robos o actos delictivos como los que abundaban en la ciudad, a pesar de que las casas estaban separadas sólo por frágiles herrerías.
El tiempo fue pasando, los hijos crecieron, formaron sus propias familias y se fueron a vivir su vida; pocos fueron los jóvenes que se quedaron en el hogar materno; uno de ellos fue Manolito -hijo de un próspero comerciante español-, huraño, sin suerte con las mujeres; alto y fuerte, decía tener un cariño especial al hombre de esta historia, quien también lo quería como a un hijo. Los entonces jóvenes esposos, envejecieron, otros murieron dejando solos y tristes a sus cónyuges. Para entonces la inseguridad prevaleciente en el país empezó a filtrarse en el fraccionamiento, así fuera a cuentagotas. Robos nocturnos de accesorios automotrices, asalto a mano armada a un muchacho a quien despojaron del automóvil de sus padres. Luego tomaron otro cariz, una mujer que caminaba, muy de mañana, vio a una anciana tropezar y caer a media calle, comedida acudió en su auxilio, súbitamente aparecieron dos hombres, le apuntaron con sus armas, la obligaron a llevarlos a su domicilio y ya ahí robaron joyas, efectivo y saquearon las tarjetas de crédito. Llegaron los robos a los domicilios, hampones que fingían llevar arreglos florales, regalos o ser empleados de las empresas de servicios, luz, agua, gas; una vez que entraban a la casa asaltaban y golpeaban sin piedad a la familia hasta que les entregaban joyas y demás objetos valiosos; más tarde los abusos cometidos a los ancianos, los amedrentaban, golpeaban y robaban, lo mismo al salir de una sucursal bancaria o de un cajero automático.
Los hijos de nuestro personaje, preocupados ante esa nueva modalidad de asaltos no dejaban de recordarle a su padre las sabias palabras de su madre: desconfía de los conocidos, los mismos vecinos, amigos o familiares, son los que conocen mejor tu situación financiera y a veces hasta los lugares donde ocultas tu dinero o los objetos de valor. Además, insistía el yerno, deberías armarte, yo puedo prestarte una pistola, puede ser la diferencia entre tu vida y la muerte, pero el hombre se negaba; nunca he tenido en mis manos un revólver, cómo me piden eso. No seas necio, respondían los hijos, cuando te arrepientas será demasiado tarde. Una mañana se supo una noticia siniestra, una anciana viuda que barría la banqueta fue atacada por unos hombres que la obligaron a regresar a su hogar, ya adentro la amarraron a una silla y la golpearon hasta que les entregó o les dijo dónde estaban los objetos de valor. Dos días después, cuando los vecinos extrañaron no haberla visto dieron noticia a la patrulla. La anciana había fallecido.
Después de eso no admitieron excusa ni pretexto; fueron por él un domingo, supuestamente irían a un día de campo, lo llevaron al polígono donde la familia de una de sus hijas practicaba tiro al blanco. Pusieron en sus manos un arma y corrieron a ocultarse cuando vieron la peligrosa forma en que la movía. Las manos le sudaban, las piernas le temblaban, la hija se reía y los nietos se burlaban. Se la entregaron junto con una caja de balas, con la recomendación de tenerla siempre a la mano. La pistola venía con el cartucho cortado y el seguro puesto porque, dijeron, en ocasiones no hay ni tiempo para hacerlo. Exageraciones, contestaba, quién va a querer asaltar a un pobre diablo, capaz que en vez de llevarse algo me dejan un obsequio. Cuando su hijo supo la noticia, se alegró, aunque no estuvo de acuerdo en que la guardara debajo de la almohada. En un descuido te das un tiro tú solo. Inspeccionó la habitación y concluyó que el mejor sitio para guardar y ocultar el arma era la parte trasera del buró, bastaría con separarlo un poco de la pared, nadie que no lo supiera, la vería. Lo obligó a acostarse y con los ojos cerrados mover el brazo hacia el buró, cuando encontró la distancia ideal, aplicó un potente pegamento a la madera y ahí fijó la funda de cuero, de la pistola. Luego lo hizo practicar hasta que se aprendió de memoria el movimiento.
Un domingo llegó Manolito, traía un regalo, seis botellas de Chateauneuf du Pape, su vino favorito, le dio las gracias y lo hizo pasar a la sala; conversaron largo rato, a Manolito le dio sed, pidió un vaso de agua, fue hasta la cocina y se lo llevó. Un día después llegó un tipo que dijo ser empleado de una empresa de paquetería, abrió la reja con el portero automático, confiado en que las puertas que daban acceso al interior de la casa estaban cerradas. El tipo dijo que para entregarle el envío era requisito indispensable identificarse y firmar de recibido. Nuestro hombre se negó, el tipo empezó a subir de tono su petición, ya no era una súplica, era una orden dada en mal tono. Con la tranquilidad que le daba tener un arma en casa, pidió que lo esperara un par de minutos para abrirle. Le habló por teléfono a la policía y en un santiamén llegó una patrulla. Obligaron al empleado a abrir el paquete -contenía sólo una piedra- y se lo llevaron detenido. Ese día descubrió que faltaba un juego de llaves de la casa, aunque no le dio importancia, supuso que el día menos pensado lo encontraría en alguna chamarra de las que usaba poco. Sabedor de lo distraído que era tenía siempre a la vista dos juegos de esas llaves y dos juegos más de la camioneta.
Lo peor de todo fue que las noticias que daban cuenta de la inseguridad en la ciudad le provocaron una paranoia terrible, cuando salía a la calle no soportaba traer a una persona a sus espaldas; durante su carrera pedestre, los motociclistas que se aproximaban le ponían los pelos de punta; por las noches escuchaba o creía oír ruidos provenientes de la cocina, de la sala, o del comedor y cuando la angustia aumentaba, hasta del vestidor contiguo al cuarto; escuchaba rumores, pasos sobre la alfombra y ruidos extraños. Varias noches, en plena lluvia y con gélidas temperaturas, salió a la reja para verificar si había cerrado las tres chapas. Lo mismo ocurría con la puerta principal, la del comedor y la de servicio. En esa calle con tránsito local bastaba escuchar que el ruido de un motor se detuviera frente a su propiedad para obligarlo a asomarse por la ventana y no volver a la cama hasta que los intrusos se marchaban. Lo peor era que en todas esas situaciones anormales no era capaz de recordar que tenía una pistola en casa; Así, contra la recomendación de sus hijos bajaba sin la mínima protección a inspeccionar la planta baja.
El menor ruido lo despertaba; sin embargo, aquella noche no escuchó nada, de pronto presintió, más que haber visto, la presencia de un intruso parado en el quicio de la puerta de su recámara; pensó que era otra pesadilla, pero la sombra se movió en su dirección. Su mente funcionó a mil por hora, no podía intentar tomar el arma porque el intruso le ganaría en su movimiento y dispararía primero. Sabedor de las estrictas medidas de seguridad del fraccionamiento, supuso que era alguien que se había ganado la confianza de los vigilantes, una persona de adentro o peor aún, uno de los guardias de seguridad, -dada la corpulencia del tipo-, algo era seguro, después de robarle lo mataría porque aunque cubriera su rostro con un pasamontañas como los del ejército, su voz o ademanes podrían delatarlo. Fingió sentirse mal, lanzó unos gritos y quejidos que la misma María Callas habría envidiado. Hijo, hijito mío, profirió desesperado, que bueno que llegas, te estaba invocando, me está dando un infarto. No soporto el dolor del pecho y el brazo izquierdo lo tengo paralizado. Urge me lleves al hospital. El intruso lo veía sin saber qué hacer. En el escritorio de la biblioteca, en el cajón más bajo del lado izquierdo hay un sobre con dinero y las tarjetas de crédito, tómalo y llévame al sanatorio, las llaves de la camioneta están donde siempre. Escuchó el ruido de objetos que caían al suelo, maldiciones, groserías; el tipo regresó a la habitación.
Hijo de perra, le espetó, no creas que vas a jugar conmigo, se acercó a la cama, jaló bruscamente el edredón y la sábana que lo cubrían, para obligarlo a levantarse. Se escucharon detonaciones. Bajó de dos en dos los escalones, tomó el celular, marcó el número telefónico de la policía, la patrulla llegó rápidamente, al guiar al guardia hacia dentro de la casa vio colgando de la cerradura, el llavero extraviado días antes; arriba, en la recámara, yacía con un balazo en el pecho y otro en la cabeza, el cuerpo inerte de Manolito.
Ciudad de México, enero de 2024.




















