Pisando los cuarenta, a su paso, las miradas de ellas eran suspiros que se atrevían a manifestarse con frases y palabras dichas sin tapujos porque, en el siglo veintiuno, estaba prohibido quedarse con sentimientos que atragantaran.

No le faltaban mujeres, algún que otro desliz oculto para probar que, como les decía a sus amigos: “La vida es para vivirla a full, viejo. No dejemos cosas por probar” y continuaba: “es igual a cuando los chicos te dicen que tal o cuál comida no les gusta, sin haberla probado.”

Le era difícil encontrar respuestas a los interrogantes que se le presentaban. Decidió almorzar en “La buena vida”, un lugar para disfrutar y distenderse.
— Buenas noches, le dejo la carta.
El mozo se alejó y fue a una mesa en la que la clienta lo aguardaba.
Ignacio, no bien eligió lo que cenaría, se detuvo a pensar en él, pero fue un intento porque la mujer de la mesa de enfrente no le quitaba la mirada. Pudo dejar a un lado los restos de melancolía y gesticuló para que ella entendiera que pretendía acompañarla en su mesa. El cabello de la mujer caía sobre sus hombros y resaltaba una mirada profunda e inquisidora que destellaba bajo tupidas cejas, y sobre carnosos labios. La respuesta de un sí, también gesticulado, fue suficiente para que Ignacio se trasladara.
—Hola- saludó con una sonrisa que pareció cómplice- me llamo Ignacio. Vos?
—Helena con hache-respondió.
—Bueno, bueno, la Helena de Buenos Aires! Un gusto.
— Igual.- Respondió con un tono de voz que lo llegó a sorprender.

Compartieron la cena sin que faltara la botella de vino con marca reconocida.
—Gracias, sólo bebo agua- aclaró la mujer.
Por la postura de Helena, se adivinaba una desesperada súplica de cariño y él no se lo iba a negar.
— ¿Qué pensás del dinero?
La pegunta de Ignacio la sorprendió.
— Que es necesario.
–¿Nada más? Pensá si no va de la mano con ser feliz.
— La felicidad es otra cosa-manifestó ella-. Podés ser feliz aún sin dinero.
—No lo creo. El dinero hasta puede solucionar el tema de la soledad- apuntó él.
—No puedo escucharte decir semejante idiotez.- Tecleó el celular y comentó- te leo lo que dice IA:”La soledad es un sentimiento de aislamiento o separación que puede ser voluntario o involuntario. Se produce cuando la necesidad de compañía no se satisface.”
—Bueno, el tipo va a necesitar un psicólogo y para eso se necesita “guita”.
—Nada que ver. Se lo paga la Obra Social o la Prepaga y si no tiene pide a la Salud Pública.
—Sos porfiada. Para mí, están relacionadas. Dinero y felicidad van de la mano, inseparables. Además, analizá: vos estabas sola en la mesa y yo también. Con dinero en el bolsillo nos podemos dar el lujete de cenar aquí. Adiós soledad.
—Pavadas que decís. El destino está marcado, las cosas suceden porque deben suceder. Si no era aquí, hubiéramos charlado en una plaza o en un viaje en colectivo.
— Te comunico que no voy a plazas desde que era pequeño y tampoco viajo en colectivo. Si se rompe algo del auto, viajo en taxi o pido auto por alguna aplicación.

Ignacio amenizaba la charla degustando el sabroso marca registrada. La invitación para continuar la charla en la casa de él, no se hizo esperar.
—La soledad es triste- comentó ella al momento de llegar.
El debate continuó entre vasos de agua y muchas copas de vino.

El hombre se despertó con el sonido del llamado del celular. No comprendió qué había pasado.
—Hable…
Escuchó del otro lado una voz parecida a la de una mujer.
— Buenos días, corazón. Muy inteligente lo de:”No dejemos cosas por probar…”, como me contaste que les aconsejás a los amigos. Conmigo estuviste bárbaro, lo disfruté como si hubiera sido una Helena de verdad. Además, te llamo para decirte que llegué a la conclusión que tenés razón, gracias al dinero se logra superar la soledad y acercarse a ser feliz. Me lo dictan los fajos de billetes que encontré en tu casa, en el maletín que usas. Chau amore, chau.” – Y colgó.