La forma como recordamos hoy se ha transformado en una extensión de la experiencia rutinaria de nuestra relación con la digitalidad.
Si al analizar el suceso consciente o inconsciente de esta acción, la podemos relacionar como un repentino «pop up» similar al de una ventana invasora en el monitor, habremos comprobado la actual relación simbiótica de nuestra naturaleza con la tecnología. Lo que interesa al individuo moderno, no por una necesidad trascendental o imperiosa, sino como un ejercicio de introspección curiosa.
Ayer intenté recordar el nombre de una compañera de la primaria. No me vino a la mente de forma fluida y nostálgica. No. Mi cerebro hizo lo mismo que cuando mi computadora se congela: se quedó procesando con el cursor dando vueltas, hasta que finalmente arrojó el resultado: «Mónica». Pero junto con el nombre vino algo más inquietante: la certeza de que yo no lo recordé, sino que mi cerebro lo encontró, tal cual lo haría con un archivo en la carpeta de descargas.
Con la aparición de ChatGPT, Gemini, Claude y el resto de modelos de lenguaje, la competencia por ver quién es más humano cada día posiciona al propio individuo orgánico y biológico en esa misma batalla. Si bien lo que siempre nos caracterizará es la complejidad de nuestro razonamiento (así como sus vertientes), no podemos evitar percatarnos de la creciente adopción de actitudes «algorítmicas» en nuestro actuar aprendidas de estos robots virtuales, los cuales, a su vez, se alimentan de nuestras formas de relacionarnos con el exterior.
Es un bucle extraño y francamente perturbador. Las IAs aprenden de nosotros para parecerse a nosotros, y nosotros aprendemos de las IAs sin darnos cuenta. El resultado es que ahora todos hablamos como si estuviéramos redactando un correo corporativo adaptado para palabras clave. «Espero que este mensaje te encuentre bien». ¿Quién habla así? Ah, sí, los chatbots. y nosotros, porque ya no sabemos quién empezó.
Lo más curioso es que esta transformación no llegó con fanfarrias ni advertencias. Nadie declaró «a partir de hoy pensaremos como algoritmos». Simplemente sucedió. Un día estábamos buscando información en enciclopedias y al siguiente ya esperábamos que todo apareciera con solo escribir tres letras en Google. Pasamos de «déjame recordar» a «déjame googlearlo” a “le voy a preguntar a ChatGPT”
Y ahora, con las IAs de conversación ni siquiera necesitamos formular bien la pregunta. Ellas ya saben lo que queremos decir, predicen “mágicamente” nuestras necesidades. Son tan buenas haciéndolo que empezamos a esperar lo mismo de las personas reales. «¿Por qué no entendiste lo que quise decir?», le reclamamos a nuestra pareja, cuando ni nosotros mismos entendemos qué quisimos decir.
ChatGPT nunca me dice «no te entendí». Simplemente asume e interpreta. Mi mamá, en cambio, sí me dice «habla bien». Y honestamente, ya no sé quién tiene razón. ¿Es que mi mamá debería entenderme automáticamente, o es que ChatGPT me está mal acostumbrando a la comunicación sin esfuerzo?
Lo peor es que ya no confiamos en nuestra propia memoria. «¿Eso pasó o lo soñé?» es una pregunta cada vez más frecuente. Porque nuestra memoria ya no es un archivo confiable; está contaminada por posts que vimos a las 3 AM y videos (ridículamente cortos) que nunca terminamos de ver pero que igual quedaron archivados en algún rincón del cerebro.
Quizás el problema no es que nos estemos volviendo más como máquinas, sino que estamos (re)descubriendo que siempre deseamos ser un poco máquinas. Tal cual Dios hizo al hombre y mujer a su semejanza, nosotros vivimos tratando de replicar la fórmula, en nosotros mismos y en todo lo que nos rodea.
Nos vemos reflejados en estas IAs con la gracia de quien se ve en un espejo deforme: reconoces algunos rasgos, pero otros están extrañamente distorsionados.
Entonces sí, recordamos como pop-ups. Pensamos como si estuviéramos ejecutando un programa. Pero todavía lloramos en el cine por escenas que sabemos que son ficción. Todavía nos reímos de chistes que objetivamente no son graciosos. Todavía amamos a personas que, según cualquier algoritmo, no deberíamos amar.
Quizás la pregunta no debería ser «¿lograremos convertirnos en la máquina perfecta?» sino «¿Qué tanto soportaremos la resiliencia de nuestra condición humana?»
No tengo la respuesta. Permítanme discutirlo con Gemini.
P.D.
En esta ocasión mezclé un párrafo generado por IA entre todo el desvarío alarmista de mi cabeza y no sé si espero que lo encuentren fácilmente… o que duden de todo lo que he escrito.
Qué la digitalización nos ayude a recordar que alguna vez fuimos otro tipo de humanos.
Ig: dianaaabt
dbautistatrejo4@gmail.com




















