Por: Sydne Mariel Mendoza Mera

Hace unos días, durante el Domingo de Ramos, recordamos una escena que la tradición ha vuelto casi solemne e inofensiva.

Pero no lo era.

La entrada de Jesús de Nazaret a Jerusalén no fue un gesto piadoso: fue un acto profundamente político. Era Pascua, y la ciudad no solo celebraba: también contenía tensión.

Mientras el poder imperial de Roma desfilaba por la puerta de occidente sobre caballos —símbolo de guerra, dominio y victoria—, Jesús eligió la puerta de oriente. No montó un caballo, sino un asno: símbolo de quien sirve, no de quien conquista.

No fue una casualidad. Fue una declaración política. El pueblo lo sabía. Por eso lo nombra, lo reconoce y lo proclama como heredero de la casa de David. Por eso agita ramas de palma, no como ornamento, sino como símbolo de resistencia de la época: un eco de identidad que se niega en ese momento a desaparecer bajo el peso del imperio.

Nada en esa escena es ingenuo. Todo en ella es profundamente subversivo.

Y, sin embargo, hay un detalle que la historia ha preferido mirar de reojo: no entró solo. Entre la multitud que acompaña, sostiene y cree, había mujeres. No como figuras decorativas, no como testigos pasivos, sino como parte de ese gesto colectivo que desafía el orden establecido.

En su tiempo, su voz no contaba. Ellas no enseñaban, no decidían, no testificaban. Su palabra carecía de autoridad social. Eran presencia sin voz, cuerpo sin discurso.

Y, aun así, estaban ahí. Y eso también era profundamente revolucionario.

La historia no logró desaparecerlas del todo. Sobrevivieron en los márgenes, en los silencios, en los relatos susurrados. Permanecieron incómodas, latentes, como todo aquello que no termina de ser borrado.

Estaban entre quienes seguían, sostenían y comprendían.
Estaban cuando otros dudaban.
Estaban cuando otros huían.

Algo en el actuar de Jesús el Nazareno sigue siendo profundamente disruptivo: habla con ellas, las escucha, las reconoce como interlocutoras. No las reduce a símbolos ni a silencios. Las mira, y en ese gesto, las restituye.

María Magdalena una de tantas, no solo acompaña: es la primera en atestiguar la resurrección. Una mujer es colocada en el centro del acontecimiento fundacional. No es un detalle menor. Es una declaración.

Pero las historias, cuando se institucionalizan, también se disciplinan.

Con el tiempo, aquella grieta comenzó a cerrarse. La norma, la tradición y las estructuras reconfiguraron el lugar de las mujeres, desplazándolas nuevamente hacia los márgenes de la autoridad, aunque no de la fe.

Y ahí permanece la paradoja: una tradición que nace con mujeres como primeras testigos, pero que durante siglos ha limitado su voz en sus espacios de decisión.

Hoy, esa historia vuelve con un matiz distinto.

En distintas latitudes, mujeres dentro de comunidades religiosas no están pidiendo permiso: están haciendo memoria. Releen, reinterpretan, cuestionan. No para romper con la fe, sino para habitarla de otra manera. No para tomar un lugar ajeno, sino para reclamar uno que, quizá, nunca debió serles negado.

Porque el problema nunca fue la ausencia. Fue la narrativa.

El Imperio romano no solo impuso su dominio político; también dejó una forma de ordenar el mundo, de nombrar lo importante y de relegar lo incómodo. No fue Jesús quien excluyó a las mujeres: fueron las estructuras que aprendieron a domesticar su mensaje.

Las tradiciones no siempre olvidan: a veces acomodan. Desplazan. Reinterpretan. Colocan a ciertas voces en los márgenes, en los silencios, en los lugares donde incomodan menos. Y con el tiempo, incluso los símbolos cambian de sentido, como si su filo original hubiera sido cuidadosamente limado.

Pero lo simbólico nunca desaparece del todo.

Permanece. Late. Y espera.

Tal vez por eso, en estos días de Semana Santa, cuando volvemos a reflexionar esa entrada a Jerusalén, valdría la pena preguntarnos no solo quién entra, sino quiénes caminan alrededor y no hemos querido ver.

Porque la historia no los borró, pero somos nosotros quienes aprendimos a no mirar. Y en ese gesto, tan cotidiano como silencioso, seguimos sosteniendo, sin saberlo, la arquitectura del silencio.

¡Hasta pronto!