Por: Sydne Mariel Mendoza Mera
En la plaza pública digital, la empatía parece haber perdido terreno frente a una emoción más rentable: la indignación.
No es casualidad. Diversos estudios en psicología social han mostrado que los seres humanos reaccionamos con mayor intensidad ante estímulos negativos que ante los estímulos positivos. Este sesgo, conocido como “negativity bias”, no es nuevo; lo que sí es nuevo es el ecosistema que lo amplifica. Las redes sociales no inventaron nuestra inclinación a lo negativo, pero sí la convirtieron en algoritmo.
Hoy, una opinión matizada difícilmente compite con una reacción airada. Un argumento informado rara vez alcanza la viralidad de un juicio inmediato. Y una postura empática suele quedar sepultada bajo la velocidad de la crítica. En este entorno, no solo participamos, también aprendemos a interactuar bajo las reglas de la visibilidad que privilegian el conflicto.
La consecuencia es más profunda de lo que parece ya que no se trata únicamente de “malos modales digitales”, sino de una reconfiguración de la conversación pública. La indignación constante genera la ilusión de participación, pero en realidad erosiona la posibilidad de diálogo. Nos hace reaccionar antes que comprender, responder antes que escuchar, entonces, ¿somos víctimas del algoritmo o víctimas de su lógica?
Porque si bien las plataformas priorizan aquello que genera interacción (y pocas cosas generan más interacción que el enojo) también es cierto que cada usuario refuerza ese circuito con cada clic, cada comentario, cada reacción impulsiva. La economía digital de la atención se alimenta de nuestras respuestas más viscerales.
El problema no es menor: en contextos como la salud pública, por ejemplo, la viralización de contenidos negativo o alarmistas puede desplazar información rigurosa, afectando decisiones colectivas. En política, la amplificación de la indignación fragmenta el debate y radicaliza posturas. La emoción sustituye al argumento, y la conversación se convierte en trinchera.
Paradójicamente, nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y nunca había sido tan difícil construir canales de entendimiento, frente a todo esto, la empatía no solo es un valor moral; es un acto contracultural, implica resistir a la inmediatez, cuestionar la primera reacción y, ante todo, reconocer al otro más allá de su postura, no como pasividad o ingenuidad, sino como una forma de inteligencia social.
Y pensar más allá del algoritmo, interrumpir su lógica desde lo individual y preguntarnos, antes de reaccionar, si estamos aportando a la conversación o simplemente alimentando el ruido.
Porque en un entorno donde la indignación es la moneda dominante, elegir la empatía es, en sí misma, una forma de resistencia.




















