Sydne Marieperol Mendoza Mera
Decimos que reír es natural. Que el humor es espontáneo, ligero e inofensivo, pero basta mirar con un poco de honestidad para que esa idea se derrumbe: no nos reímos de cualquier cosa. Nos reímos de lo que el sistema nos enseñó que es permisible ridiculizar.
A las mujeres nos enseñaron a reír, pero no a hacer reír. Durante mucho tiempo la risa tuvo dueño, no porque alguien la registrara legalmente, sino porque el espacio del humor, el que se legitima, el que circula, el que se aplaude, estuvo ocupado por una mirada específica: la mirada masculina, dominante, cómoda con su lugar en el mundo.
No es casualidad que gran parte de lo que históricamente se consideró gracioso tuviera un mismo patrón: burlarse de lo femenino, exagerarlo, reducirlo, domesticarlo. La mujer como chiste, como caricatura, como exceso emocional, o como falla, no porque eso fuera inherentemente gracioso, sino porque era socialmente permitido.
El humor, lejos de ser un terreno neutral, durante mucho tiempo, ha funcionado como un dispositivo de control simbólico; quien nombra la broma, defina la jerarquía.
Pero algo comenzó a cambiar cuando quienes eran el objeto comenzaron a apropiarse de lenguaje.
El libro Género, humor e ironía: la risa de las mujeres en el patriarcado de la Dra. Consuelo Patricia Martínez Lozano, plantea una idea que descoloca ese orden, la risa de las mujeres no es pasiva ni decorativa. Es una forma de lectura crítica del mundo.
No es la risa que busca aprobación, es la que entiende el código y lo subvierte porque hay una diferencia incómoda entre ser parte del chiste y reírse del chiste. La primera integra; la segunda desarma.
Cuando una mujer hace humor desde su experiencia no sólo está generando contenido, está desplazando el punto de vista, está cambiando quien observa, quien interpreta y, sobre todo, quien tiene la autoridad para decir qué es gracioso, esto no es menor, porque en ese movimiento la risa deja de ser un mecanismo de validación del orden y se convierte en una herramienta para tensarlo, es una risa que no tranquiliza, sino que revela.
No es casual, que este tipo de humor incomode más, no porque sea menos gracioso, sino porque ya no señala a lo femenino como algo inferior.
En un entorno donde la risa ha servido para normalizar la desigualdad, resignificarla, implica algo más que cambiar el chiste, implica cambiar la estructura desde donde se enuncia, y ahí es donde la risa deja de ser ligera y se vuelve política en su sentido más profundo; la de disputar por el sentido, por la representación y por el lugar desde donde se mira el mundo.
Es entonces, cuando la risa de la mujer cambia de eje, y en ese desplazamiento, lo que antes parecía natural, comienza a evidenciarse como construcción, lo que antes hacía gracia comienza a incomodar, y lo que incomoda, por primera vez, dice algo.
Entonces nos replanteamos aceptar que ya no podemos reír como antes, sin entender lo que la risa sostiene y deja de ser un gestor ligero, se vuelve una forma de pensamiento donde las mujeres, los cuerpos no normativos, las identidades, disidentes, la pobreza, la vulnerabilidad no contienen algo inherentemente gracioso o ridiculizable.
Por eso, el chiste machista “funciona” sin esfuerzo, mientras que el humor que cuestiona el poder suele etiquetarse como exagerado, incómodo o incluso sin gracia. No es que uno sea más gracioso que otro es que uno está alineado con la estructura y el otro desafía.
La risa, entonces, no es sólo una reacción: es una toma de postura. Eso no significa que debamos volvernos solemnes o dejar de reír, significa algo más difícil: hacernos responsables de nuestra risa. Preguntarnos, sin evasivas, si lo que nos causa gracia es realmente ingenio o simplemente una forma socialmente aceptada de desprecio.
Detenerse a pensar en la risa, puede parecer un lujo innecesario, pero no lo es, porque lo que normalizamos como algo gracioso hoy mañana se convierte en cultura. Y la cultura, a diferencia de la risa, no es espontánea: se construye, se produce y también se puede transformar, incluso en lo más ligero como una carcajada, donde se esconde una forma de ver el mundo y es justo en ese instante; cuando reímos con conciencia, que el humor puede resignificarse. ¡Hasta pronto!




















