Por Perla Gómez Gallardo

En la antigua Grecia, cuando se consideraba que un ciudadano era sospechoso o peligroso a la soberanía nacional se le aplicaba el destierro. Llama la atención que una de las civilizaciones más importantes de la antigüedad no tuviera tolerancia a la pluralidad y simplemente aplicara el aislamiento (que no extermino) de la persona que consideraba comprometía la opinión prevaleciente.

El ostracismo es una práctica que en la actualidad se aplica, ahora desde las redes sociales. Sin derecho de audiencia, se hace un juicio paralelo en el cual la turba de quienes generan tendencias en la red, dicta el destino de aquel que osó manifestarse de manera “incorrecta”, “discriminatoria” o incluso fue tomado en mal momento y en el peor de los casos, sacado de contexto.

Sin derecho de réplica, la masa de “ofendidos”, piden la cabeza del infractor. Las consecuencias van desde la censura de la conducta, el despido de la persona, la cancelación de su programa (sin importar si lo que manifestó se hizo por esa vía); todas acompañadas del escarnio público.

La masa amorfa que se asume como tribunal moral que define lo permitido o no permitido, al carecer de rostro, es de las peores manifestaciones que se puede presentar en la sociedad. No hay a quien responder, en cuanto se le da un argumento a una cabeza, surgen decenas, cientos e incluso miles más que tienen descalificaciones (pocas veces contraargumentos), y sobre todo adjetivos calificativos en su mayoría peyorativos.

Quien se deja llevar por esa ola difícilmente logrará salir sin una afectación, curiosamente los más vulnerables son quienes tienen mayor notoriedad. En otro contexto esa notoriedad puede blindar de los abusos a estas personas; sin embargo, en estos casos, es justo esa notoriedad la que le da ese “derecho” de exigencia adicional a quienes deben conducirse con una rectitud cuyas reglas ambiguas los harán caer siempre en el incumplimiento.

Estas prácticas son muy peligrosas, de forma por demás frívola, se puede destrozar la vida de una persona por la simple apariencia de un comportamiento reprobable. Uno de los grandes avances civilizatorios fue crear instancias e instituciones a los cuales acudir en caso de controversia, además de generar reglas y procedimientos (previamente establecidos) que les da certeza a quienes acuden, de que se tratará el caso con imparcialidad y racionalidad. Así, al generar esos espacios evitamos las prácticas de barbarie como la llamada ley del Talión del “ojo por ojo y diente por diente”, para usar las mejores prácticas que dignifican nuestra conducta y la forma de castigar aquellas que consideramos ofenden a otras personas y/o la colectividad.

Lamentablemente, así como los linchamientos son los ejemplos del fracaso en la confianza de las instituciones ante la negligencia, corrupción e impunidad. Lo mismo se manifiesta con la misma fuerza y capacidad destructora en los espacios virtuales. La fuerza es mayor al convertirse en una catarsis social e individual, en donde como seres humanos mostramos los peores rostros e incluso en el anonimato que permiten las redes, actuamos con la cobardía de sabernos no identificables y por ello pareciera que todo está permitido.

El ostracismo antiguo que niega la tolerancia y copta la pluralidad está más que vigente. Ahora el destierro se da en los espacios que ocupa la persona a quien se le considera no merece permanecer en ellos. Además, se acompaña del estigma, de la marca vergonzosa que debe calar en la imagen de quien se considera indigno. Esta manifestación contemporánea es de mayor alcance y daño, por ello es menester retornar a los niveles de prudencia y rectitud en nuestro actuar, en donde de continuar con estas prácticas nadie estará a salvo de padecer sus consecuencias. El llamado es a no caer en la tentación de la facilidad que nos dan las plataformas de actuar de una forma que de hacerlo de manera frontal difícilmente no animaríamos a hacerlo. La ética debe retomar su fuerza.

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