Alguna vez, en Iquique, Chile, sentí que trabé amistad con el hombre que atendía la peluquería donde me hice un corte de cabello; tuve el cuidado de traerme una tarjeta suya y a mi regreso a México le envié una postal por correo, esperando darle una sorpresa grata luego de nuestro encuentro breve, pero que me pareció tan cordial.

Al paso de los meses y sin recibir respuesta, me di cuenta de que, a lo largo de la vida, en ocasiones se hacen amigos de una vez: personas que se conocen, se tratan, crean un lazo de amistad, quizá por algunas horas, pero están destinadas a no volver a encontrarse cara a cara.

Las redes sociales lo hacen parecer distinto, como si se estiraran las amistades por años únicamente con ver sus fotografías en la pantalla o por saber que publicaron tal o cual cosa. Ilusión que nos lleva a la mentira, pues la gente sigue con su vida en tanto no volvamos a verla.

De todo ello sólo quedan nombres: Niki, Visar, Mirvete, Álvaro, Sarah, Xymmi, Mili, Sandra. Todos ellos fueron algunos amigos de viaje en Kosovo, Corea del Sur, Chile, Puebla, por mencionar algunos lugares; amigos o conocidos a los que probablemente no volvamos a ver en persona, pues difícilmente uno regresa a los mismos sitios habiendo tantas opciones en un mundo por recorrer.

Esas amistades, si acaso quedan en una fotografía, como una calcomanía de amistad, sí, posiblemente indeleble, pero inserta en el recuerdo más que en la vida misma. Y podemos seguirnos en las redes sociales, pero si no volvemos a verlos, serán eso, hologramas que pasan por nuestra pantalla sólo para recordarnos que alguna vez fueron presencia que pudimos sentir o abrazar.

Nuestro andar por el mundo está lleno de rostros que pasan a nuestro lado, curiosamente, a veces para no volver a cruzarse con nosotros nunca más.

¿Y cuál es el sentido de estos encuentros?

Cierta vez, hará unos 30 años, tuvimos una convivencia en San Pablito Pahuatlán, en la Sierra Norte de Puebla, con una familia completa originaria de ese lugar mágico. Mientras llegábamos a la casa, recorriendo el pueblo, me encontraba con muchos rostros, amables unos, tímidos otros, pero significados en sus rasgos por una ascendencia indígena de varias generaciones atrás.

Caminaba por las calles salpicadas de follaje, tierra y casas con tejados mientras pensaba en lo efímero de aquellas caras que, yo sabía, las vería por única vez, en ocasiones por tan solo unos segundos; rostros que se cruzaban conmigo por un instante y tiempo después se borrarían de mi memoria.

¿Por qué conocía a estas personas que vivían en un lugar donde probablemente jamás volvería para verlas? ¿Tendría algún sentido grabarme las facciones de alguien que sería la única vez que vería?

Cuantos rostros en cada ciudad y todos diferentes, aún siendo de la misma raza, incluso de la misma familia.

Personas que van y vienen entre nosotros, pero todas ellas se quedan habitando en nuestra mente, guardadas en un archivero que las selecciona y redescubre cuando las volvemos a encontrar.

Aunque en ese océano de gente, siempre hay un rostro único, para el cual toda nuestra humanidad tiene una orden: es ese y sólo ese, con el que quiere vivir eternamente; el rostro que desea ver cada mañana que amanezca y cada noche cuando la luz se apague.

Un mundo lleno de gente, todos diferentes, con quienes nos cruzamos a diario para intercambiar miradas, palabras, pensamientos y conversaciones.

Un mundo raro, de cabezas comunicantes con rostros al frente que se hablan, a veces sin pronunciar una sola palabra.

F/La Máquina de Escribir por Alejandro Elías

@ALEELIASG

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