Por: Fernanda Barreto Cepeda

 

América Latina se erige, indudablemente, como una zona de herencia cristiano-católica. Los procesos de colonización plantaron en el continente aspectos religiosos que se fueron desarrollando, desenvolviendo, hasta volverse parte de la cultura en la que vivimos hoy en día. Independientemente de si, de manera personal, nos consideramos creyentes o no, es imposible negar los aspectos sociales que la espiritualidad católica ha perpetuado en nuestra cotidianidad (como los bautizos, los XV años, el día de muertos –este último mezclado con prácticas prehispánicas). En 2014 Latinoamérica fue cuna de 425 millones de católicos, casi el 40% de la población católica mundial; es decir, ya no solo se trata de una herencia religiosa, sino también de una herencia cultural.

 

Debido a que mi madre trabajaba todo el día, mi crianza estuvo a cargo de mis abuelos maternos. Mi abuelo Fernando me enseñaba y revisaba todo lo relacionado con la escuela, mientras que mi abuela Marcelina se volcaba a aspectos de formación personal; ambas partes profundamente católicas. Sumémosle, a todo esto, sesiones de catecismo los sábados y misas los domingos. Ahora, a mis 22 años, me considero una persona agnóstica, pero negar que gran parte de mi formación, si no es que toda, estuvo marcada por nociones religiosas sería una mentira, un rechazo hacia una parte fundamental de mi persona.

 

Mi entendimiento del bien y del mal está condicionado por un imaginario católico: venado y serpiente, ángeles y demonios, Jesús y Satán; crecí, como muchos otros latinoamericanos, aterrada por el infierno y anhelando el paraíso. Este tipo de elementos ya no son solo religiosos y culturales, sino que se trasladan al campo de lo ético y de lo moral; son creencias que devienen en actitudes, en prácticas, en modos de comportarnos personal y socialmente. Es en esta intersección donde se sitúa El diablo: reflexiones interdisciplinarias sobre el problema del mal (2021), obra coordinada por el sacerdote jesuita Jorge Manzano Vargas (†) y publicada por el ITESO, la Universidad Iberoamericana Puebla, Buena Prensa y la Universidad Iberoamericana León.

 

Este compilado cuenta con una introducción que marca claramente el carácter jesuita sostenido a lo largo de los nueve capítulos que conforman el cuerpo de la obra. La manera en que cada autor aborda el problema del mal es diversa, pues va desde la pregunta exegética por las representaciones del mal (tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento) hasta casos de posesiones diabólicas. A lo largo del libro entendemos que el mal no es un producto de Dios mismo, sino una posibilidad dentro del libre albedrío; también se nos explica que los verdaderos casos de posesión son pocos: la mayoría se trata de cuestiones mentales y psicológicas que, con el tratamiento adecuado, pueden y son superadas.

 

Una característica sumamente importante de este compilado es que cuenta con análisis de textos, principalmente poemas, prehispánicos; este apartado tiene como fin investigar las figuras del bien y del mal que regían las nociones de la época. Esta aproximación crítica, hermenéutica y literaria es interesante puesto que reconoce a la Iglesia católica como un elemento imprescindible en los procesos de colonización. La recuperación y el análisis de los poemas nos dejan, como lectores, apreciar nociones del mal más allá de la mirada católica.

 

Por otro lado, nos topamos también con una aproximación psicológica, desde Freud, a la mente humana y, por ende, a los actos. Agustín Ramírez Torres (†) narra diversas experiencias que tuvo instituciones mentales y aboga por un constante monitoreo de la salud mental, pues afirma que muchas veces lo que denominamos “malvado” se trata, realmente, de personas que necesitan algún tipo de ayuda.

 

Una vez conscientes de que las concepciones del mal son condicionadas por factores culturales, temporales y personales, nos es posible leer acerca de las violencias estructurales que perpetúan la maldad social en nombre de las comodidades individuales. Jorge Manzano Vargas (†) y Luis García Orzo, en sus respectivos textos, argumentan que el poder y la riqueza son elementos que terminan por enceguecer y consumir a las personas, ya que las desvían del camino del bien. Lo interesante de esta reflexión es que trae a la conversación el aspecto socioeconómico del mal: la esclavitud, la explotación y la pobreza son entendidas como consecuencias de la falta de empatía y de los sistemas elitistas que rigen las estructuras sociales. Estos capítulos me remitieron a la teología de la liberación, corriente que tuvo a Ernesto Cardenal como uno de sus principales voceros y defensores; este movimiento aboga por una preferencia hacia las personas en situaciones de necesidad, pues afirma fervientemente que la salvación espiritual no puede darse sin la liberación económica, política, social e ideológica. Sin duda, una mirada necesaria y realista al problema del mal.

 

El carácter diverso es palpable a lo largo de El diablo: reflexiones interdisciplinarias sobre el problema del mal, lo cual la salva de ser una obra repetitiva. El tamaño de la letra, amigable para la lectura, permite que el ojo brinque entre el cuerpo del texto y las notas al pie, estas últimas siendo un acompañamiento litúrgico ideal. Al final de cada capítulo hay un apartado denominado Debate, el cual permite leer diversas posturas acerca del tema tratado; es un muy buen complemento, sin embargo, algunos detalles de edición hacen que haya partes en las que la lectura es complicada, principalmente porque se trata de una transcripción (y no de una adaptación) de lo hablado a lo escrito.

 

Más que psicológica, literaria, filosófica o teológica, el problema del mal es una preocupación pura y naturalmente humana, de ahí que sea un tema interdisciplinar. Preguntarnos por la maldad es preguntarnos por nosotros mismos, ya que nos lleva a reconocer tanto nuestro lado vulnerable como nuestra capacidad de vulnerar a los demás. El diablo: reflexiones interdisciplinarias sobre el problema del mal nos permite una mirada más amplia a este tema, pero, principalmente, nos sirve de espejo, de estrado en el cual enfrentarnos ante el juez más duro de todos: nosotros mismos.

 

 

La autora es alumna de la Universidad Iberoamericana Puebla.

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