Estaremos de acuerdo que cuando uno se muda o se establece por un par de días en algún sitio busca, en la medida de lo posible, adaptar el espacio acorde nuestros gustos y comodidades; lo cierto es que, en algunas ocasiones, los lugares y el tiempo que se pasará en ellos no siempre permiten grandes modificaciones, lo vemos, por ejemplo, en las habitaciones de hotel o en casa de alguien más, donde instalarnos “a nuestras anchas”, como popularmente se dice, resulta incómodo o incluso inapropiado. Pero en el caso de quienes la crítica y los señalamientos se les resbalan, aquellos cuya seguridad toma tintes de cinismo, resulta fácil modificar lo que ve y no le gusta, todo en razón de sus gustos y aspiraciones más caprichosas.
El papel que ha tomado Donald Trump en la presidencia de los Estados Unidos ha sido tanto aplaudido como rechazado, su manera de interactuar con la prensa da cuenta de su soltura ante los reflectores, por la carga de convencimiento que guarda cada palabra, cada publicación y, también, cada acción que ordena el dirigente norteamericano. Tan pronto volvió a la presidencia, Trump puso de cabeza no solo a su país, sino que al mundo entero. Ejecuta extrajudicialmente a tripulantes de embarcaciones caribeñas supuestamente cargadas de droga, endurece la política migratoria y lidera una guerra comercial a nivel global de la cual, si se quisiese, pueden desprenderse otras guerras más. La preocupación ante las acciones (y ocurrencias) de Trump no es para menos, viola la democracia de su propia nación y atenta con el peso de la ley, la cual está de su lado, a todo aquel valiente que le incomode o estorbe.
A finales del mes pasado, por decreto del cabecilla del movimiento MAGA, se empezó la demolición de una parte de la Casa Blanca, específicamente el ala este, donde se encontraba, entre otros espacios, la oficina de la primera dama. En su lugar se piensa construir algo a gusto y gracia del empresario, un salón de baile de 8,000 metros cuadrados y con capacidad para 999 personas, esto de acuerdo con el propio Trump. El presupuesto para este proyecto empezó siendo de 200 millones dólares y hoy se eleva a los 300, algo así como 5 mil 700 millones de pesos. El mandatario desacredita la oleada de críticas que desde los opositores e instancias gubernamentales han salido, diciendo que el costo no lo cubrirán los ciudadanos estadounidenses, pues el capital vendrá más bien desde 37 fondos privados, dinero que particulares y empresas ofrendan a la particular causa del presidente, a quien, como también se dice, más vale tenerlo como amigo que como enemigo.
Recordemos que el diseño de la Casa Blanca estuvo en manos del arquitecto de origen irlandés James Hoban y fue inaugurada en 1800. Si bien la casa ha sufrido alteraciones por órdenes de expresidentes, me pareciera que la demolición de una parte del proyecto no solo atenta contra el legado y patrimonio arquitectónico, sino que también deja como mensaje la imposición y rechazo a todo lo que sus antecesores pensaron, propusieron e hicieron. ¿Qué hay detrás de la donación de capitales privados a este inmueble público?, ¿quiénes, además de Trump, se beneficiarán con este proyecto?, ¿qué otros obsequios y fantasías faltan por cumplirle a este magnate con banda presidencial?
En México, Los Pinos fungió como casa presidencial desde 1934 hasta 2018, cuando se abrió al público y sus residentes se instalaron más bien en un “humilde” palacio. Los 56,000 metros cuadrados de residencia la hacían 14 veces mayor que su hermana en Washington. La Casa Blanca se convierte entonces en la suite presidencial más caprichosa posible, donde el huésped principal hace y deshace todo a su manera, pensando, quizás, en que su estancia allí nunca fuera a terminar.
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