Recientemente, la prestigiosa revista The Economist publicó un texto titulado “The most friendless place on earth” (“los lugares con menos propicios para las amistades en la Tierra”) en el cual, pese a la fama que se hizo gracias a la caricatura (y todos los chistes bobos que, en cualquier cantidad de idiomas, han surgido) la isla africana de Madagascar resultó ser el país menos propicio para disfrutar de las amistades o, desde la perspectiva contraria, donde las personas padecen más de soledad.

Sin embargo, más allá de qué país ocupa el primer lugar, lo verdaderamente interesante está en las reflexiones alrededor de la metodología utilizada por la publicación británica y las extrapolaciones que se pueden hacer tanto a nuestras realidades nacional y regional, como a nuestra vida personal.  Por principio de cuentas, y en cierto sentido, el dinero sí incide en la felicidad… y no, no es que seamos unos cerdos capitalistas que sólo pensamos en amasar fortunas al mejor estilo de Rico McPato.  De hecho, es todo lo contrario.

Comunidades donde se carece de ingreso suficiente son muy propensas a una soledad generalizada pues, los recursos con los que cuentan de dedican fundamentalmente a alimentación y vivienda, mientras que las conexiones a internet, telefonía o, incluso, el transporte para trasladarse a centros de reunión o similares se vuelven inaccesibles, lo que reduce las interacciones sociales a la reducida cantidad de personas que están muy cerca del hogar.  Si se toma en cuenta que en los lugares con menores niveles de ingreso suelen tener peor infraestructura, pocos servicios y transporte público escaso y de mala calidad, las condiciones de aislamiento se recrudecen.

Asimismo, menores ingresos suelen reflejarse en menos cuidados preventivos de la salud lo que, a su vez, ocasiona que, por un lado, los individuos se enferman con mayor frecuencia y, en consecuencia, dejan de salir e interactuar; y, por otro, dado que es más oneroso tratar las enfermedades una vez contraídas, se tiene que dedicar una proporción del ingreso a curarse en detrimento de los que podrían usarse en socializar.

Desde una perspectiva más cultural, de acuerdo con The Economist el carácter individualista asociado a muchos países del “norte global” no es tan determinante en sus niveles de asilamiento.  En las sociedades más colectivistas y tradicionales, si bien es más común encontrarse con modelos de familias ampliadas que sirven como redes de protección para buena parte de sus ciudadanas/os; en la medida que las relaciones al interior de dichos modelos de familia no son elegidas por los individuos, sino que les son impuestas por la tradición o la autoridad, más que auténticas amistades terminan siendo una obligación más con la que se tiene que cumplir.  Asimismo, dadas las elevadas expectativas que se suelen tener respecto al impacto de quienes forman dichas familias en la disminución del aislamiento, la percepción de que no se logre a cabalidad, puede disparar episodios de decepción profunda que mermen la calidad del resto de las interacciones sociales.

Paradójicamente, en sociedades más individualistas y liberales, si bien el número de amigas y amigos puede ser menor, en la medida que esas amistades sí son electas y cultivadas por las personas, terminan siendo amistades más cualitativamente satisfactorias.

Si damos por buenos los datos que señalan que la soledad crónica y el aislamiento social pueden aumentar en 29% el riesgo de enfermedades cardiacas, 32% el de sufrir accidentes cerebro vasculares, incrementan la incidencia de depresión y ansiedad, debilitan el sistema inmunológico y elevan la incidencia de muertes prematuras, reflexionar sobre si la infraestructura, los servicios, el transporte y las condiciones para un mayor dinamismo económico que hoy se están dando  se implementan tanto en Puebla y como en México van a favorecer el aislamiento y la polarización o, por el contrario, el exigir que desde ya se favorezcan mayores y mejores niveles de convivencia para nuestro futuro inmediato, no es un tema menor.  De eso dependerá, en buena medida, la calidad de vida que tendremos en nuestra vejez.

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