No, no se trata de una nueva efeméride ni va a ser la leyenda que se imprima en los márgenes de la papelería del Gobierno Federal. Tampoco es un intento diplomático por posicionar a la Administración Trump en el país ni una estrategia publicitaria para comprar productos “Made in the U.S.A.” o ir a turistear al norte del Río Bravo. Nada de eso.
Es, simplemente, el reconocimiento temprano de lo que puede ser el factor más influyente, y potencialmente desestabilizador, para nuestro país en el 2026.
Desde luego, la influencia de nuestro vecino del norte no es ninguna novedad. De hecho, siendo el destino de más del 80% de nuestras exportaciones, el país con el compartimos 3,145 kilómetros de frontera terrestre, nuestra principal referencia cultural contemporánea, el país en el que viven más mexicanas y mexicanos después de México y que, casualmente, es la primera potencia comercial, geopolítica y militar del mundo, decir que los Estados Unidos son importantes e influyen en lo que sucede en tierras aztecas, es una perogrullada.
Sin embargo, hay factores -más allá del Campeonato Mundial de la FIFA que se realizará en los tres países que conformamos Norteamérica- que aumentan nuestra exposición a las decisiones que se tomen en Washington.
Hay que comenzar por reconocer que, al interior del país, si bien no estamos al borde de una crisis ni nada que se le parezca, todos los indicadores -incluido el ánimo de las amas y amos de casa cada quincena- reflejan que la economía del país lleva casi 7 años sin crecer y el único motor consolidado con el que contamos, es precisamente nuestro comercio con los estadounidenses. Desafortunadamente, está sostenido sobre una capa de hielo muy delgada, dado los bandazos de la política comercial del Presidente Trump -y la permanente amenaza de los aranceles- así como el recelo que decisiones de política interna -como la reforma al poder judicial, el trato discrecional a ciertas inversiones o el apoyo a los regímenes de Cuba y Venezuela- generan en la Casa Blanca y el Capitolio.
Asimismo, si bien la conducción de la Presidenta Sheinbaum ha permitido un clima de estabilidad social, no es ningún secreto la incapacidad (¿ya estructural?) del Estado Mexicano para reducir, de manera contundente y sensible, los efectos nocivos del crimen organizado. Esta incapacidad maximiza su relevancia para la relación bilateral en este año porque, más allá de la crisis del fentanilo, la declaratoria de los cárteles del narcotráfico como grupos terroristas o los temas migratorias, la reciente detención del expresidente venezolano, Nicolás Maduro, por autoridades norteamericanas tiene dos efectos inmediatos para la agenda nacional: el tema del combate al narco latinoamericano está en el centro de la política, y la opinión pública, de los EE.UU.; que, ya sin el affaire Maduro sobre la mesa, México es el principal tema hemisférico de corto plazo tanto para Washington como para la incendiara agenda declarativa del Presidente Trump ; y, por si no fue evidente con la detención del “Mayo” Zambada, se reafirma que la política internacional de la administración Trump no sabe de acuerdos, lealtades, fronteras o soberanías.
Es en este entorno convulso que lo tiempos establecidos cuando se firmó el T-MEC llegan a sus fechas fatales y en este 2026, sí o sí, hay que revisar y potencialmente refrendar, renovar o dar por terminado, el Tratado Comercial de Norteamérica, negociación de la que depende, en buena medida, tanto la competitividad mexicana como el atractivo que tendremos para recibir inversiones productivas en los próximo 15 o 20 años.
Más allá de la muy bienvenida distracción futbolística, la sombra que nos acompañará a lo largo del 2026 es cómo llegaremos, como país, a la mesa de negociación con Canadá y los Estados Unidos.

























