Pablo Eliseo R. Altamirano

La fuerza de la palabra, es fuerza que destina. Quien la sabe mirar, escuchar y comprender; vislumbra el porvenir que trae consigo. Porvenir-destino que puede ser de ocasos o de amaneceres, de decadencia o renovación, según la palabra que destina.

Mérito, ¿hacia dónde conduce?, ¿qué invoca?, ¿qué pone en camino una vez nombrado? En principio, es una palabra satélite del concepto “ganar”, lo cual la coloca del lado de las palabras degenerativas, de esas que oprimen, generan caos y hacen palidecer al ser.

El mérito tiende y atiende a la recompensa, desconoce al deber y a la necesidad. Gusta de los premios, tanto como de la adulación. No sabe que significa la palabra gratuidad, pero tiene bien aprendido el interés. Entiende de pedir y recibir y aunque para ello tenga que dar, lo que lo mueve es recibir. Siempre el mérito se cree merecedor, actúa bajo promesa de gratificación, ninguna otra cosa lo mueve.

El sistema de ganancia en que nos hallamos inmersos, sistema mercantil, empresarial, capitalista se vale por antonomasia del mérito; para lo cual ha diseñado complejos y detallados esquemas de incentivos, para dar a cada quien “lo que merece”, según “sus méritos”. Estos pueden ser premios, bonos, primas, rentas, “reconocimientos”, homenajes, propinas, promociones, etc.

Es tal la fuerza de esta idea que se ha impuesto como método de ánimo social e incluso humano. El nivel de aceptación-imposición prácticamente lo ha normalizado, al grado que hablar de meritocracia es totalmente fundado. Hoy “todo mundo” se cree digno de recompensa, “ser merecedor”. Se impone la lógica del échaleganismo, a mayor trabajo, mayor mérito y, por ende, mayor recompensa.. Mala la hora en que alguien decidió darle a otro su merecido.

Mérito es un concepto que necesitamos olvidar. Debe ser anulado del habla, pronunciado jamás, invocado nunca; despreciado siempre, que no se le escuche aparecer ni en la más mínima resonancia. Nadie merece nada, nadie debe esperar ser gratificado, nadie debe esperar premio; todos debemos responder al deber y la gratitud, se debe garantizar la dignidad y el pleno desarrollo, lejos de entregarse al que da los premios y recompensas: al patrón al superior.

Dictadura de la sumisión es la meritocracia, productora de sujetos pusilánimes, serviles y engreídos, faltos de carácter, débiles: enfermos del alma. Trotan tras sinfonías de sirenas, espejismos malignos validados por “teóricos” de la motivación, sirvientes del sistema capitalista neoliberal, entre los que destacan el estadounidense Edwin Locke, mismo que incita a vivir persiguiendo metas a base esfuerzos que incrementen la productividad de las empresas que no son de quien se esfuerza, para obtener incentivos a base de cumplir con exigencias establecidas por el premiador.

Igual lo hace el famoso psicólogo, también estadounidense, Frederick Herzberg, quien pone énfasis en el reconocimiento de logros y la obtención de promociones como sinónimos de “crecimiento personal” y profesional. Así mismo, con sus respectivos matices, el prestigioso psicólogo David McClelland coloca entre los pilares de la motivación el alcance de metas. Todos ellos apoyados en los aportes teóricos motivacionales del igual norteamericano Abraham Maslow.

Ahora bien, ¿qué significa hacer méritos?, ¿qué los distinguen del deber y la gratitud?, ¿cuál es la diferencia entre merecer y necesitar?

Decir mérito es igual a decir premio y viceversa, en tanto que el mérito reacciona a la recompensa, como la salivación del perro de Pávlov a la campana. Van siempre unidos, si uno falta el otro desaparece, igual que hace más de 2 mil años lo dijo Aristóteles: “cuando dos cosas ocurren juntas, la aparición de una trae a la otra”. Mérito y recompensa van unidos, ya está sometido al primero quien acepta el segundo.

Por tal, el fondo ontológico del mérito no se halla en el esfuerzo, sino en la condición que lleva a la satisfacción o condena; idea desarrollada experimentalmente por Skinner y adoptada y promovida por las ambiciones empresariales, quienes han establecido el mal llamado “gobierno de los mejores”, de los merecedores de galardones, o bien meritocracia, la cual es no otra cosa que la dictadura de la manipulación; juego titerezco que ata al sujeto a los hilos del deseo, la ambición, el egoísmo, la envidia, la disputa, la traición… o como dijo Baruch Spinoza, al miedo y la esperanza.

El mérito, se alimenta de amenazas y promesas, ese es su origen. Por eso inventa podios, medallas y trofeos; guillotinas, verdugos y ruedas de tortura. A todo pone precio; “gánatelo”, “nada es gratis”, “todo cuesta”, “lucha por lo que quieres” (no por lo que debes, eso no es importante), “esfuérzate por salir adelante” (¿salir adelante?, ¿a dónde será eso?), “sé el mejor” y otras absurdidades.

Así pues, el mérito y su régimen, imponen como regla de subsistencia la sumisión y el servilismo. Negarse a cargar el portafolios, a lustrar los botines, a aplaudir y apologizar al repartidor del bien y del mal, al gran señor o señora, es condenarse al ostracismo.

Hace méritos el obediente, el disciplinado; el que atiende al superior antes que a los principios y a los propios; el que es fiel por interés antes que leal por honor; el que hace “favores” a los principales y condiciona a los “inferiores”.

Dejemos de hacer méritos, olvidémoslos por tanto daño hecho y en su lugar aprendamos la gratitud, la garantía, el deber y la responsabilidad.

Facebook: Pablo Rodríguez Altamirano

Twitter: @PABL0ALTAMIRAN0

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