Por: El Psicólogo Carlos Muñoz

Y es que no me vas a dejar mentir apreciable lector, una vez que la regamos y nos ponemos a pensar en todo lo que tuvo que coincidir para que las cosas salieran tan mal, nos daremos cuenta que pareciera que nos despertamos con el pie derecho de la mala suerte o que los astros se alinearon, y cada decisión que íbamos tomando con la ilusión de que así podríamos mejorar la situación, lo único que conseguía hacer era empeorar las cosas, haciendo gala a la ley de Murphy, pero bueno, supongo esto no te ha pasado a ti, porque de lo contrario no estarías leyendo esta columna de Salud Mental, que pareciera que lo único que provoca es recordarnos cuando tomamos malas decisiones.

La mayoría de personas, por no decir todas las que lean esta columna, conocen o por lo menos coincidieron en sus etapas escolares con ese compañero o compañera que se puso a llorar por haber sacado un 9, de la misma manera y en sentido inversamente proporcional también estudiamos con aquel que celebraba porque había conseguido que su 2.3 subiera a 5, ya que las normas de las instituciones educativas no permiten al docente asentarle esa calificación y la mínima reprobatoria era ese tan anhelado 5 (pero todo esto será, para otra columna), ya que esto le daba oportunidad de recuperarse en los siguientes parciales, sin embargo no vine a escribir esta semana del valemadrismo, sino del por qué tenemos la necesidad de que todo sea siempre perfecto.

Probablemente cuando la situación que acabo de enunciar hace unos momentos pasaba, éramos tan pequeños que no logramos entender lo que ocurría, no sabíamos porque nuestro compañero lloraba por un 9, sí, así como lo lees, por un bendito 9, lo que desconocíamos era que detrás de esa conducta que muchos podrían catalogar de infantil e inmadura (me incluyo porque claramente yo era del team de los que celebraban por que le asignaran el 5 y aparte era muy niño para distinguir la diferencia), existía un ambiente hostil y restrictivo en casa, tal vez suene muy fuerte, pero es la verdad.

No podemos negar que la mayoría de las conductas nocivas que nos acompañan en la actualidad son el resultado de nuestra crianza, y el tener una personalidad que todo el tiempo se está preocupando por que las cosas salgan siempre perfectas, no es la excepción, ojo, con esto no busco que vayas y les reclames a tus papás por todo el daño que te causaron, ya que probablemente ni siquiera eran conscientes de lo que hacían, el conocer el origen de nuestras dificultades de la vida adulta nos sirve únicamente para poder hacer las pases con ellas, entender que nuestros cuidadores primarios hicieron lo que pudieron con lo que tenían, y que seguramente si pudieran cambiar algunas cosas del pasado, también lo harían.

El perfeccionismo se puede explicar de cierta manera con el proceso que lleva el consumo de alguna sustancia nociva (inserte aquí su dr0ga favorita, entendiendo que obviamente ud. no es adicto y que lo puede dejar en cualquier momento) ya que inicia con pequeñas dosis, es decir, las conductas perfeccionistas comienzan con cosas tan simples como que no me quedó bien el nudo de la corbata y no salgo hasta que no esté como a mí me gusta, y van escalando de manera gradual hasta que nos impiden llevar una vida funcional, cada vez requeriremos cantidades más grandes de dicha sustancia para poder sentir el mismo efecto que antes se alcanzaba con menos, ahora bien, te podrás preguntar, ¿Y eso qué tiene de malo? En esencia el querer que las cosas siempre salgan bien no tiene nada de malo, y paradójicamente es justo aquí en donde empezamos a enfrentarnos con el verdadero problema.

Los conceptos de “bueno y malo”, “feo o bonito” o “perfecto e imperfecto” son aspectos meramente subjetivos, con esto quiero decir que, lo que para unas personas es bello, para otras podría no serlo y viceversa, por lo cual el querer alcanzar la perfección también sería un concepto muy abstracto, el inconveniente surge cuando experimentamos sensaciones incómodas cuando las cosas no nos salen o no se ven como a nosotros nos gustaría (frustración, ansiedad, sentimientos de vacío, baja autoestima), y empeora cuando no eres tú el autoexigente, sino cuando eres víctima de aquella persona que no ha tenido suficiente con intentar alcanzar la perfección, sino que ahora llevó esa obsesión a su grupo de trabajo, en muchas ocasiones nuestro jefe presenta este complejo de perfección y con ello lo único que logra es ofender y lastimar al personal que labora con él.

En terapia me encuentro con muchos casos en los que el ambiente restrictivo y las altas expectativas que se depositan sobre el paciente, provocan en este la sensación de creer que no sirve para nada o que todo lo que hace está mal, otro tanto número de casos está relacionado a la ansiedad que provoca el nunca ser lo suficientemente buenos o por lo menos no creer que lo son, y el resto llega por culpa de las personas que no han trabajado consigo mismas y saturan de presiones y exigencias a los demás; existen diversas técnicas de múltiples enfoques terapéuticos que puede ayudar al paciente a trabajar con lo rígido de este padecimiento, a mejorar el autoconcepto, y aprender a vivir con el hecho de que no podemos controlar todo lo que sucede a nuestro alrededor, estoy casi seguro que al leer estas líneas, automáticamente lo asociaste con alguna persona que conoces, o tal vez tú seas ese sujeto que requiere apoyo, esta es una situación muy delicada, y no basta únicamente con “relajarse”, “dejar que todo fluya” o “echarle ganas”, se necesita actuar en pro de nuestra salud mental, en muchas ocasiones será necesario vernos de frente con las cosas que nos incomodan para entender  el por qué nos sentimos así.

Mi recomendación de todas las semanas es y será, busca recibir una atención profesional especializada, así como siempre buscas tener el mejor celular, la mejor ropa o el mejor trato, busca que tu salud mental esté en manos de los mejores, eso te va a reducir muchos problemas en un futuro y será un buen aliado para tu bolsillo, pero ya sabes, puedo estar equivocado.

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