No, querido lector, no me equivoqué al escribir el título de esta columna. Me refiero a las redes sociales más influyentes en el mundo actual. Hace muchos años – como dato cultural para las generaciones jóvenes – bastaba con dar tu domicilio completo para que alguien te pudiera enviar una carta o una tarjeta postal.

Así fue por muchos años. Bastaba con poner en práctica tu mejor letra y expresar tus ideas sobre una hoja de papel, doblarla, a veces de forma muy artística, acudir a la oficina de correos, comprar los timbres postales que cubrieran el importe para el envío y ponerla en el buzón.

La tarifa era diferente dependiendo del destino de tu misiva, nacional o internacional. Y me doy cuenta que estoy hablando en pasado, cuando todavía existen las oficinas postales y los timbres, pero han caído tanto en desuso. Lo de hoy es la comunicación instantánea.
Recuerdo que cuando recibía cartas en el lapso antes de una semana en que me las enviaban, lo consideraba maravilloso, rapidísimo. De igual forma cuando enviaba las mías.

Hoy, si el mensaje de Whatsapp que le enviaste a alguien se le ponen las dos palomitas azules y no te contestan, caes en depresión, ira, angustia, intolerancia y no sé cuántas reacciones negativas más.

La modernidad exige que incluyas un correo electrónico o e-mail en tu currículo, en tu inscripción a un curso y muchos otros trámites, para avisarte si fuiste aceptado en el empleo, o la fecha de inicio del curso o si el reclamo que hiciste fue procedente o no.

Pero Facebook, Instagram, Whatsapp y Twitter se han convertido en la forma más rápida para comunicarse con tu vecino de la casa de al lado o con alguien del otro lado del mundo.
Y no solo eso, las personas cuya opinión se considera como influyente en diversos temas han ocupado estas redes sociales para ampliar su “radio” de alcance. Ni que decir de los medios de comunicación, que encuentran en ellas una plataforma impresionante para difundir sus contenidos.

Las generaciones jóvenes han olvidado, en gran medida, el inigualable disfrute de las pláticas de sobremesa con la familia o con amigos; la comunicación en un día de campo o durante un viaje. La luz de la pantalla del teléfono celular en el rostro de muchos y el movimiento incesante de los dedos nos muestran que no les importa estar encerrado en casa o envuelto en la esplendorosa escena de un majestuoso bosque, solos o rodeado de otras personas.

Y no se diga de los videojuegos interactivos, como Free Fire, Call of Duty o Fortnite. Son horas las que niños, adolescentes y jóvenes pasan, aprendiendo a “matar” a otros, seleccionando las “mejores armas” para disparar, para atacar, huir o defenderse. Cuando fui joven, los juegos en las “maquinitas” para jugar Pac-Man o marcianitos se terminaban junto con el dinero disponible. Hoy, el acceso a los datos móviles o wi-fi, prácticamente no le ponen limitantes al tiempo de juego.

Vivimos en la época en que lo rápido es lo importante. Mensajes instantáneos, “si me dejas en visto, te dejo de hablar o te bloqueo”, “hace diez minutos que recibiste mi mensaje y no me contestas, ¿estás enojado/a?”

Lógicamente, todo este avance tecnológico, especialmente en las comunicaciones, es muy importante, pero considero que debiese ser visto y usado para mejorar y fortalecer las relaciones interpersonales y no para aislar aún más a los individuos.

¿Cuántas cuentas de Facebook tienes? ¿Usas Instagram? ¿Para qué te sirve Twitter? ¿Cuánto tiempo ocupas Whatsapp durante el día? ¿Cuántos correos electrónicos tienes?

Si quieren saber para qué uso Twitter, entren a mi cuenta y síganme. Leo con gusto todos sus mensajes.

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