Por: Sydne Mariel Mendoza Mera
Una flor puede conservar su belleza intacta y, aún así, haber perdido la vida. Algo similar ocurre cuando el arte deja de respirar.
Existe en el ser humano una energía que aparece de vez en vez: la de moverse, la de no pedir permiso, tomar algo interno y hacerlo visible, aunque incomode, esta energía es la versión más honesta de nuestra pequeña libertad.
En muchas ocasiones el arte surge en contextos donde expresarse ha sido limitado, cuestionado o incluso sancionado, por ello cuando una persona decide crear no estamos frente a un gesto menor, sino a un acto profundamente trasformador.
En cada rincón del orbe y en todos los tiempos de la humanidad han existido personas que comprendieron esto con claridad, porque no solo es producir obra, también es construir condiciones para el arte; apropiarse del espacio público es en muchos casos, reconocer claramente que el arte es una posibilidad compartida y no un privilegio.
En las épocas más conservadoras de la humanidad la expresión artística fue vista con sospecha o reducida a una condición ornamental, se enseñaba a contemplar, pero no a crear, y como en muchos aspectos de la vida se promovía el orden, pero no necesariamente la voz.
Y justo aquí es donde vale la pena mirar al arte desde otro enfoque, para Pierre Bourdieu, lo cultural no es un adorno de la vida social, sino una forma de poder, el acceso a ciertos códigos, lenguajes y espacios culturales ̶ que él denomina capital cultural ̶ define en gran medida quién puede participar, quién es legitimado y quién queda al margen. En este sentido, contar con espacios artísticos es redistribuir posibilidades culturales.
Sin duda, el arte y los procesos sociales están indefectiblemente vinculados, esta redistribución de posibilidades en otros tiempos se convirtió en algo urgente. Cuando Francisco de Goya pintó Saturno devorando a su hijo, no buscaba consolar, sino mostrar lo monstruoso del poder y la violencia. Cuando Pablo Picasso creó Guernica, el arte se convirtió en denuncia frente al horror de la guerra. En la libertad guiando al pueblo de Eugène Delacroix, la pintura dejó de ser contemplación para volverse símbolo de insurrección y de cuerpo en movimiento.
Esta capacidad de expresar, de interpelar, de conmover también habita en lo cercano, como la obra de Byron Gálvez; con su fuerza mural y su arraigo identitario, o el trabajo de Eva Beloglovsky o la mirada de Yanira García cuyas obras y poemarios abren sensibilidades a las nuevas generaciones, qué decir sobre la obra de Enrique Garnica que desde su propia exploración contribuye al entramado donde el arte local no sólo se produce, sino que también se comparte y se discute.
En todos los casos, el arte no suaviza la realidad: la hace visible de una forma que la ciudadanía puede comprenderla incluso antes de poder explicarla, y es que existen verdades que a través del arte las interiorizamos por la fuerza de la imagen, la emoción de la palabra o la incomodidad de su expresión, y los artistas emergentes lo saben, intervienen en esta misma tradición generando, nuevas formas de que aún no podemos definir, porque el arte no busca permiso para existir, pero sí necesita condiciones para circular, porque el verdadero arte crea no para sí, sino para la comunidad, es por eso que el arte no se exhibe, se vive; porque solo en lo cotidiano el arte deja de ser ajeno, deja de ser de quien lo crea y se transforma en bien público.
Las sociedades contemporáneas debemos comprender que el arte no es un concepto, es presencia, es mirada y también movimiento y cuando abrazamos eso, nos damos cuenta de que esta libertad que no se contempla, se reconoce también en la cultura que se afirma así misma.
La belleza no requiere ser rescatada, sino habitada.
Reconocida en lo íntimo y compartida en lo público, porque el arte permanece vivo cuando alguien se detiene, lo contempla y lo hace suyo; pero también cuando una comunidad lo rodea, lo transita, lo convierte en parte de su vida cotidiana. Entonces deja de ser objeto y se transforma en punto de encuentro y espacio vivido: en cultura que respira.
Es ahí donde lo bello no se asfixia.
¡Hasta pronto!





















