Por Dra. Joana Galindo Márquez*
Vivimos en un tiempo donde la ciencia lo explica casi todo: cómo nacen las estrellas, cómo curar enfermedades o cómo comunicarnos a miles de kilómetros. Pero, al mismo tiempo, muchas personas siguen viviendo sin agua, sin salud, sin educación o sin oportunidades ¿Por qué sucede esto si tenemos tanto conocimiento acumulado? La respuesta no está en la falta de ciencia, sino en la forma en que la usamos. Durante muchos años, el modelo económico y político dominante —llamado neoliberal— ha promovido una idea de progreso basada en la competencia, el consumo y la ganancia. Bajo esa lógica, incluso el conocimiento se volvió una mercancía: quien puede pagarlo, accede; quien no, queda fuera.
Las prácticas extractivas —que explotan la naturaleza y también a las personas— han profundizado esa desigualdad. Se extrae petróleo, agua, minerales… pero también saberes, tiempo y esfuerzo humano. Y cuando la ciencia se usa para sostener ese modelo, deja de ser un instrumento de liberación y se convierte en una herramienta de exclusión. Frente a eso, necesitamos una ciencia con mirada fraterna, una ciencia que sepa escuchar, acompañar y construir junto con las comunidades. La fraternidad es más que un valor moral; es una forma de mirar al otro como igual, de reconocer que todos compartimos la misma casa: el planeta. Como afirma la UNESCO (2021) en su Recomendación sobre la Ciencia Abierta, la producción científica debe basarse en la solidaridad, la equidad y la cooperación global para que el conocimiento contribuya realmente al bien común.
Del laboratorio al territorio La ciencia puede y debe estar al servicio de la vida. Eso no significa renunciar a la tecnología o a la investigación, sino darles un nuevo sentido. Por ejemplo, en lugar de producir solo para las grandes industrias, se puede innovar desde las necesidades locales: energía limpia, agricultura sustentable, salud comunitaria, educación inclusiva. Cuando científicos, campesinos, maestras, jóvenes y artesanas se sientan a dialogar, surgen soluciones creativas y cercanas a la realidad. Esa unión entre el saber técnico y el saber cotidiano abre caminos para el desarrollo social con justicia y dignidad. En esa misma línea, el Informe Mundial sobre el Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas (ONU, 2019) subraya que los desafíos del siglo XXI sólo podrán resolverse mediante alianzas entre la ciencia, la sociedad y la naturaleza, promoviendo vínculos de cooperación que trasciendan los intereses comerciales o políticos.
El valor humano de la ciencia En los últimos años se habla mucho del “recurso humano especializado”: personas con grandes estudios y habilidades técnicas. Pero, más allá de los títulos, lo que el mundo necesita hoy son seres humanos sensibles y conscientes, capaces de colaborar y no de competir. La ciencia fraterna no se construye con egos ni con rankings, sino con solidaridad, empatía y respeto por la diversidad. Necesitamos científicos que entiendan los problemas sociales, y comunidades que confíen en la ciencia como aliada, no como imposición. El Panel Internacional de Cambio Social y Transformaciones (IPCC, 2022) ha señalado que, la resiliencia de los pueblos frente a las crisis climáticas depende tanto del conocimiento científico como del fortalecimiento de la confianza, la cooperación y la empatía social. Es decir, no hay innovación sin fraternidad.
Aprender a cuidar
¡La fraternidad nos invita a cuidar! Cuidar la tierra, el agua, el aire y, sobre todo, a las personas. Si la ciencia se orienta al cuidado y no al control, si se pone al servicio de la vida y no del mercado, puede ayudarnos a sanar heridas sociales y ecológicas. Cada proyecto científico debería preguntarse ¿A quién sirve?, ¿A quién escucha?, ¿Qué consecuencias tiene para los más vulnerables? Cuando la respuesta es “sirve a todos y no deja a nadie atrás”, entonces la ciencia se vuelve verdaderamente humana.
Un nuevo horizonte El desarrollo social no puede medirse solo en dinero o productividad, sino en bienestar compartido. Una ciencia fraterna es aquella que acompaña, enseña y aprende al mismo tiempo. Que no solo busca entender el mundo, sino también mejorarlo desde el amor y la justicia. Porque si la ciencia no es capaz de mirar al otro con ternura, de poco nos sirven los laboratorios más avanzados… El verdadero progreso está en construir conocimiento con el corazón, en transformar la inteligencia en solidaridad, y la técnica en esperanza. Solo así, con fraternidad, podremos hacer de la ciencia una fuerza que nos una en lugar de dividirnos.
Referencias
Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC). (2022). Climate Change 2022: Impacts, Adaptation, and Vulnerability. Cambridge University Press.
Organización de las Naciones Unidas (ONU). (2019). Informe mundial sobre el desarrollo sostenible 2019: El futuro es ahora. La ciencia al servicio del desarrollo sostenible. Nueva York: ONU.
UNESCO. (2021). Recomendación sobre la Ciencia Abierta. París: Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.
* Dra. Joana Galindo Márquez
joanagalindomarquez@gmail.com
Integrante de la Red Nacional de Posgrado en Estudios Regionales – El Colegio del Estado de Hidalgo *
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