A la memoria de mi querido maestro:
don Jorge Antonio Zepeda
Mayo, el mes de las flores, dijo memoriosa la tía Chata, en alguna de aquellas tertulias en torno a la mesa de caoba -regalo del abuelo-. Sí, contestó mi madre -con la hermosura de sus mejores años-, pero también es el mes de las novias; y los altares de las iglesias se vestían de blanco por las muchachas que se desposaban y las niñas que en compactas procesiones iban a ofrecer flores a la virgen bajo la mirada vigilante de las madres y los suspiros de los hermanos mayores. Caminaban las niñas por los pasillos de la parroquia con aires de inocencia y entre ellas una espigada morenita con sus ojazos negros que tras su velo te clavaba el puñal de sus pupilas y animosa buscaba tu cercanía a la hora de la salida o se paraba frente a la pila del agua bendita, como esperando algo que no entendías, pero que nunca llegaba, hasta que una tarde mojó sus manos y antes de santiguarse te las ofreció para que humedecieras los dedos, fue tanta la cercanía de aquel momento fugaz que quedó para siempre en tu memoria el fresco aroma de su aliento, de su cabellera y de su loción, mientras se te erizaban los cabellos.
Sí, dijo mi padre -con voz grave-, pero también es el mes de los trabajadores, aunque ya sabemos que en eso nadie iguala a Rusia, donde saben hacer las cosas como Marx manda. Amén, dijo mi madre, mientras la Chata ganaba la palabra: no olviden que en este mes derrotamos a los franceses, el mejor ejército del mundo, gracias a don Porfirio -¡ay, tan guapo que estaba!-. No, no lo olvidamos, por eso seguimos representando la batalla. En Puebla y en el Cerro del Peñón la gente se disfraza de Zacapoaxtla o de francés y se dan unos agarrones, en los que olvidan quién es quién. Pues sí, si están ahogados de borrachos. Bueno, algo habrá de eso, porque han colocado un letrero en la calle que sube al cerro, que dice: “A los señores que participen en la batalla se les recuerda que está prohibido ingerir bebidas embriagantes porque el año pasado estuvieron a punto de ganarnos los franceses”. Es el mes de la madre, y del maestro, los ninguneados maestritos de primaria y secundaria, como dijera por ahí algún estúpido. Se olvidan que ellos guiaron nuestros primeros trazos, nos introdujeron al mágico mundo de los números y nos enseñaron a engarzar las palabras como si fueran prodigiosas lentejuelas. ¿Sabían que un Juan -soldado raso del ejército-, a menudo analfabeto, gana más que ellos? Cuánta injusticia, dijo mi padre, mientras eso no cambie México no podrá ser diferente.
Ha pasado medio siglo y sin embargo siguen como antes, veo la dignidad con que sobrellevan la estrechez que les deja un sueldo miserable y me pregunto cómo es posible que aún haya gente con deseos de ingresar al magisterio. Si un joven me dijera que quiere ser maestro, le diría: si tantas ganas tienes de ser mártir, vete mejor de misionero al África. Los miro y comparo sus ingresos con los que perciben los soldados o los empleados de Pemex, los de la Comisión Federal de Electricidad o de la banca de desarrollo y me pregunto qué sentirán los maestros y sus familias al notar las diferencias abismales con que viven unos y otros. Tal vez para que cambien las cosas fuera necesario que el hijo de un alto político estudiara en la Normal o en la Normal Superior, para que su padre lo viera salir de un plantel, comer rápido una torta, abordar una micro y de ahí seguir en su gira multichambas, porque no hay de otra. Sí, tal vez sea lo que hace falta, para que por fin alguien se conduela de ellos y les de lo que sobradamente se merecen, ni más ni menos.





















