Para mi caballo, el Muñeco
El viento en el Mezquital no silba; escupe. Trae el sabor de la cal y el polvo de los huesos que se cansaron de esperar justicia. Ahí, donde la tierra se abre como una boca sedienta, don Aurelio, el Iscariote del llano, cargaba su bolsa de plata —dinero sucio, pagado por los que firman convenios con la lengua—, y el peso de las monedas le doblaba el espinazo más que el propio miedo.
En el foro que ellos llamaban «patrimonio», se amontonaban los patricios de esta Roma de nopalera y haciendas vetustas. Las Jezabeles vestían sedas que se les pegaban al sudor, riendo con una risa que sonaba a cristal roto, mientras la corte de Herodías bebía aguamiel en copas finas, observando a las mujeres desnudas que posaban sobre las espinas de los magueyes, ofreciendo su carne al sol como un sacrificio de feria para los documentalistas y fotógrafos tlaxcaltecas. En el centro, el nieto del antropólogo, un muchacho panzón, pecoso y con la cara lavada de quien nunca ha sentido el ardor del sol en los ojos, dirigía el circo.
—¡Focas! —gritaba—. ¡Aplaudan! Que la miseria de ustedes es el adorno de mi prestigio.
Él no era nadie. Era un cero a la izquierda, una sombra alargada que se borraba en cuanto sus esclavos —los campesinos, los «tlachiqueros de escenario», las cocineras tradicionales— dejaban de sostenerle el bastón. Sin ellos, el nieto era aire, un nombre muerto en una página en blanco.
A lo lejos, en la penumbra donde la luz de los reflectores no alcanza a ver, estaban los otros: los Poetas Nocturnos. Los que no tienen nombre en los créditos, los que fueron plagiados, los muertos que aún caminan cargando sus ideas robadas. Ellos no aplaudían. Ellos esperaban la justicia y, algún día, iban a resucitar en una película del Indio Fernández.
De pronto, se escuchó el paso firme de la abogada, esa señora a la que todos odiaban. Venía vestida de charro, con la negrura de la noche en el traje y el filo de la justicia en la mirada. Se plantó frente a los patricios y el silencio cayó sobre el valle, pesado, como un muerto que se niega a dejar la cama.
—Tu teatro se cae —le dijo al nieto—. Tu firma no vale nada porque no está escrita con sudor, sino con el robo del hambre ajena. Se te olvida Zapata, se te olvida el 27 constitucional.
El nieto, desesperado, quiso estampar su rúbrica en el convenio de despojo, pero la tinta se volvió ceniza. El papel se deshizo en sus dedos como si fuera carne podrida. La tierra no reconocía su autoridad; solo sabía de manos agrietadas y de gente recia.
Don Aurelio, viendo que su traición no le compraba ni un centímetro de paz, buscó “El Maguey de los Despojados”, aquel ejemplar centenario (que ni Vicente Fernández conocía), retorcido como una columna vertebral de gigante. Trepó por sus espinas, que le desgarraban la túnica como garras, y se lanzó de cabeza. El golpe fue seco, el sonido de una vida que se rompe contra el silencio.
La tierra, que tiene memoria de siglos y paciencia de piedra, se abrió. Las raíces de los magueyes, como dedos famélicos, envolvieron el cuerpo del traidor y empezaron a digerirlo. El nieto del antropólogo se quedó solo, viendo cómo su circo se disolvía: las lonas volaron como pájaros muertos, las Jezabeles huyeron a esconderse a sus foros culturales, perdiendo sus joyas en el lodo, y las cámaras se hundieron en el cieno.
Al amanecer, los Poetas Nocturnos emergieron de entre los surcos. Caminaron hacia el maguey donde el traidor se había hundido, ahora convertido en savia oscura, en abono negro. El nieto, reducido a la nada, intentó pedirles ayuda, pero ellos ni siquiera lo miraron. Se sentaron a beber el aguamiel puro, el néctar de los que no figuran, mientras el maguey, alimentado por la sangre del Iscariote, empezaba a florecer de forma grotesca, eructando billetes de monopolio y títulos académicos podridos.
Y es que, como diría la mismísima Borola Tacuche de Burrón en su casa de la calle del Callejón del Cuajo, ¡ah qué país tan generoso! Resulta que al nieto del antropólogo lo encontraron días después, sentado en la plaza, tratando de venderle espejitos de colores a una piedra. Como ya no tenía a quién explotar, terminó de «investigador de la nada», viviendo de aire y de las migajas que le aventaban los perros. En cuanto a las Jezabeles, cuentan en las cantinas que se quedaron atrapadas en un documental eterno donde solo se ven a sí mismas posando desnudas para una cámara que no tiene rollo.
Y el Maguey de los Despojados, ¡ah, ese es harina de otro costal! Se dice que ahora, en las noches de luna llena, el maguey suelta una carcajada sorda que pone a temblar a todos los burócratas de la región. Dicen que si te acercas mucho, te cuenta la historia de cómo fue que el traidor se convirtió en abono para que el pueblo tuviera, por lo menos, un poco de pulque decente para olvidar que los intelectuales existen. ¡Qué cosas! ¡El mundo al revés, pero con una cruda que ni con el mejor caldito de la Borola se te quita! ¡Así la política cultural, mi estimado: mucha pluma, poca raíz y mucho circo para tan poco pan!