Esperábamos desde hacía dos horas. No recuerdo cómo llegamos hasta ahí, mi hermana y yo, pero sí sé que nos encontrábamos en medio de una masa de pequeños ciudadanos que, como nosotras, ejercían su derecho a protestar.
Protestar para que el animador del evento nos regalara todos los juguetes que traía.
Éramos unas fieras, con la conciencia nublada y los ojos fijos en aquel saco amorfo que nos advertía de sus contenidos cada vez que el animador caminaba por el escenario. Era el olor del plástico, de la esencia de frutas con la que perfumaban el cabello de las muñecas Barbie, o el olor característico de las llantas de goma de los carritos a control remoto.
Sinceramente, ni siquiera entendíamos todo lo que decía aquel señor. Los más inteligentes comprendían que su trabajo era distraernos el mayor tiempo posible para hacer más «satisfactoria» cada entrega. Pero el resto, como yo, conocimos lo que era el rencor en ese momento.
«Damos la bienvenida al Diputado Joaquín Salazar, quien se hará cargo de brindarles un magnífico regalo…»
«Ah, conque ya salió el peine» dijo un joven que después reconocí como hermano mayor de alguno de mis colegas de movimiento. «Ahora se va a colgar la medallita, ¡claro, porque ya van a ser elecciones!»
«¿De qué medallita hablará?» me preguntó mi hermana, igual de confundida que yo. «¿A poco también traen collares?»
«No sé. Creo que hasta cosas para que lo peinen, pero yo lo veo peloncito.»
Mientras tanto continuabamos gritando, empujando y quitando a los que se nos ponían enfrente. Una cosa es que exigiéramos lo mismo; otra muy diferente era que cada uno exigía ser el primero
«¡Todos van a obtener un regalo! Pero como los veo muy emocionados, haremos una dinámica», dijo el diputado que, confirmamos, era efectivamente peloncito.
Para ese punto varios compañeros sucumbieron ante las garras de su naturaleza infantil: no poseer ningún tipo de autorregulación emocional. Algunos lloraban tanto que los padres o hermanos mayores tenían que entrar por ellos y sacarlos del brazo, como la garra mecánica de Toy Story. Sin embargo, ellos no iban a un lugar mejor: iban a su casa, sin juguete nuevo.
Abi (así se llama mi hermana) me tomaba de la mano para que no nos perdiéramos, una cuestión de costumbre y dinámica. Siempre fuimos ella y yo, hasta que nació nuestra hermana menor, años después.
«El primero en alzar la mano a la cuenta de tres, ¡le regalo lo primero que tome de la bolsa!» Todos los niños gritaron, eufóricos.
Abi y yo nos vimos, sonriendo. El momento había llegado.
«¡Uno!» Gritamos al unísono.
«¡Dos!» Nuestras manos se apretaban de la emoción.
«¡Tres!» Ambas alzamos el brazo.
Los padres y madres animaban con vitoreos. Sentí la mirada de mamá y de mis tías observándonos, esperando que alguna de las dos hubiera ganado. Pero ni ella ni yo nos atrevimos a voltear y perder de vista al escurridizo político.
«Vi un brazo que se alzó primero, en esa zona de allá.» Su dedo señalaba justamente el lugar en donde nos encontrábamos desde hacía rato; no dejamos que la marea de niños nos moviera ni por error.
«Claro, es ahí», repitió. «El resto puede bajar la mano.»
Pronto, todos en una circunferencia de tres niños a la redonda atendieron la instrucción ansiosamente. En ese momento escuché la risa de mi mamá. El diputado nos veía entre contento y confundido.
«¿Cuál de las dos fue más rápida?»
Abi y yo nos quedamos mudas. ¿Seríamos capaces de traicionar a la otra, después de tanto tiempo juntas, preocupándonos por el bienestar de ambas?
«¡Yo!» dijimos al mismo tiempo. Al parecer sí éramos capaces.
Sin embargo había un detalle que ninguna de las dos notó: nunca nos soltamos, de forma que ella sostenía mi mano izquierda con su mano derecha, haciendo así la ilusión de un solo brazo extendido hacia el cielo.
«Ah, ¿con que es así? Creo que en todo caso, ¡las gemelas deberán subir a elegir!»
We Are the Champions sonaba de fondo. Los niños reían y aplaudían; podía más la emoción cálida de la felicidad que la de la envidia o el berrinche. Llegamos hasta el saco y metimos el brazo completo.
Nuestros pequeños dedos chocaban constantemente hasta que ambas tomamos lo que sentimos, realmente valioso.
P.D.
De regreso a casa de mis abuelitos, mamá iba riendo con mis tías por la forma en que se refirieron a mi hermana y a mí. «Las gemelas», repetía carcajeando.






















