«Que yo no vea la pira de Baucis, ni que ella me sepulte». Son pocos, pero los hay. Amantes que extienden su tiempo más allá de toda caducidad y se burlan de la muerte. Son pocos, pero existen. Como dos llamas que se funden en un fuego primigenio que hace arder a los corazones con más pasión que las brasas de todos los infiernos habidos y por haber. Pero este calor que surge del andrógino que se reencuentra con su mitad perdida no extingue la vida, no la consume ni reduce a cenizas, sino que la prolonga aún más allá de lo humanamente comprensible.

Ovidio es uno de los más grandes poetas de la antigüedad clásica, vivió en el siglo I de nuestra era y legó para nosotros un extenso poema titulado “Las metamorfosis”. Su tema es uno: las metamorfosis de los seres sagrados y profanos, de las cosas, del mundo y de los astros. El poema comienza con el cambio que se da cuando el caos pasa a ser cosmos, y termina cuando el emperador César Augusto asciende hacia el cielo convertido en una estrella. Entre todas estas historias son abundantes los pasajes bellos y conmovedores, siendo uno de estos el de Filemón y Baucis.

Filemón y Baucis son una pareja de ancianos que viven en condiciones deplorables. Una noche de intensa lluvia y cruento frío tocan a su puerta dos hombres ataviados cuyo rostro es desconocido, ellos piden refugio al longevo matrimonio y estos los hacen pasar. Preocupados por su pobreza Filemón ofrece su mejor vino y Baucis la escasa carne de cerdo que guardaban; la mesa es vestida con sobrecogedora humildad y el banquete improvisado comienza. Los alimentos escasean antes de lo previsto y lo mismo sucede con el vino, sin embargo, e inesperadamente, la botella se vuelve a llenar, de abajo hacia arriba, cada vez que su contenido termina. Temerosos, Filemón y Baucis creen que sus inesperados invitados están allí para castigarlos, pero estos se destapan y presentan ante ellos: el primero es Zeus y el segundo es Hermes.

En agradecimiento a la hospitalidad del matrimonio, los dioses piden que los acompañen a lo alto de una colina cercana y desde su cumbre observan cómo el pueblo es inundado por Zeus para castigar la nula hospitalidad del resto de sus habitantes. Al mismo tiempo la choza de los viejos es transformada en un templo de mármol y de oro que Filemón y Baucis juran cuidar hasta la llegada del funesto día. Un deseo les es otorgado a los ancianos y después de hablarlo en privado Filemón pide: «Que yo no vea la pira de Baucis, ni que ella me sepulte».

Los años pasaron y la noche eterna se postró sobre los viejos para estrujar sus corazones, sin embargo, el deseo de los dioses se adelantó. Filemón comenzó a convertirse en un árbol y lo mismo sucedió con Baucis. En tronco y raíces comenzaron a tornarse sus piernas y pies, y en ramas y follajes sus brazos y cabellos. De frente, sin quitar la mirada sobre el otro, Filemón vio a Baucis convertirse en un tilo, y Baucis vio a Filemón convertirse en una encina, pero antes de que la metamorfosis fuera total cada uno alcanzó a decir: Adiós, amada mía; adiós, amado mío.

Es así como Filemón y Baucis vencieron a la muerte. Se dice, que en un lugar secreto, el tilo y la encina todavía cuidan de aquel templo de Zeus donde la muerte fue trocada y el amor arde eternamente como los versos de Quevedo que dicen: «serán ceniza más tendrán sentido, polvo serán, más polvo enamorado».

Amar es ver a la muerte a los ojos sabiendo que sus manos jamás apagarán los corazones de las almas que han sido llamadas a ser eternas.

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