El Carnaval de Huejotzingo fue su última aventura.

De manera artera les privaron de la vida, de sus sueños, de sus metas.

Les truncaron su derecho a vivir y ser felices.

Su muerte nos ha conmovido a todos y ha despertado la indignación de un sector que representa la esperanza de nuestro país: los jóvenes.

El inhumano asesinato de Ximena y José Antonio, ambos de origen colombiano quienes vinieron a Puebla para terminar sus estudios de medicina en la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (Upaep).

También fue asesinado Francisco Javier, estudiante también de medicina pero de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) oriundo de Xalapa, Veracruz.

Y con ellos, Josué Emmanuel, conductor de UBER quien se ganaba la vida trabajando hasta 16 horas al día.

En medio del dolor y la indignación, me parece rescatable la actitud asumida por la comunidad universitaria.

Tanto la BUAP como la Upaep han mantenido una rivalidad histórica por sus diferencias ideológicas.

No una guerra sin cuartel, pero sí una competencia por demostrar que institución forma los mejores estudiantes y ofrece la mejor formación.

Pero a raíz de los hechos por todos conocidos, la rivalidad quedó de lado y los jóvenes universitarios tomaron la decisión de unirse en un momento tan complejo como ha sido la pérdida violenta de sus compañeros, a pesar de sus diferencias…

Unos progresistas y otros tradicionalistas.

Unos conservadores y otros liberales.

Unos a favor del matrimonio igualitario y otros a favor de la familia tradicional.

Unos a favor de la despenalización del aborto y otros a favor de la vida.

Pero las ideologías quedan de lado cuando se trata de exigir justicia por un motivo que los ha lastimado por igual.

Durante las diversas jornadas de manifestaciones imperó un espíritu genuino de protesta.

Los universitarios nos han dado una lección de movilización pacífica.

Ni un solo vidrio roto, ni una sola pared rayada, ningún negocio vandalizado.

Demuestran su enojo pero sin perjudicar a terceros.

Los he visto en las calles levantando su propia basura.

Algo me hace creer que es una generación diferente.

Dejaron sus teléfonos celulares y en lugar de ser activistas desde la comodidad de su sillón, salieron a exigir garantías para ser libres, felices y productivos.

No hubo incluso insultos, sino prudencia.

No escuché un solo automovilista quejarse o sentirse incomodos por las marchas.

Ojalá que así sigan.

Y ojalá que la autoridad los tome en serio.

La movilización de los jóvenes ha obligado a sus rectores a dejar de lado el protagonismo y asumir compromisos serios para que su voz encuentre eco ante la sociedad y ante el gobierno.

“Señor, señora, no sea indiferente, se matan estudiantes en la cara de la gente”.

“Por qué, por qué, por qué nos asesinan, si somos el futuro de América Latina”.

“La policía no me cuida, me cuidan mis compañeros”.

“Esperan un graduado, no un cadáver”.

Y así muchísimas expresiones que revelan una generación que no está dispuesta a vivir en el miedo de salir a las calles a vivir.

Quizá mañana la rivalidad… la sana rivalidad regrese y la competitividad mantenga a Puebla como un Estado de excelencia universitaria, pero siempre que tengan la certeza de vivir seguros y en paz.

Ojalá ellos recompongan el mundo hostil que les hemos heredado.

Hay muertes que lamentamos pero que dan fruto y la de Ximena, Antonio, Francisco y Josué es una de ellas.

@AlbertoRuedaE

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