*Por: Dr. J. Alejandro Ortiz Cotte

Al final del Congreso de Teología celebrado en 2012 en Sao Leopoldo, Brasil, los organizadores decidieron tomar una foto a los teólogos y teólogas de la liberación que estaban participando en ese encuentro. La mayoría de ellos eran adultos mayores. Alguien de ellos dijo: “por si no nos vemos otra vez”. Esa fue la sentencia que ha marcado los últimos años en la caminata latinoamericana. Hemos dejado de ver a los que nos antecedieron en la teología de la liberación y nos han dejado un gran legado que seguir. Se han muerto pero su caminar histórico y subversivo sigue siendo una invitación a continuar por los nuevos senderos que requieren procesos liberadores.

En el mismo año del Congreso referido, nos dejó Gregorio Iriarte, sacerdote oblato español, que por más de 48 años radicó en Bolivia y trabajó al lado de las comunidades más pobres de Bolivia. Tiempo después, su inseparable compañera de trabajo Martha Orsini, gran educadora sucrense, también nos dejó en 2015. Un año antes, en 2014, el jesuita brasileño Joao Batista Libanio murió, dejándonos grandes desafíos teóricos y pastorales con los muchos libros que escribió. En este año nos dejó Clodomiro Siller, sacerdote con estudios en Europa, pero sobre todo un gran conocedor de nuestras raíces prehispánicas y de la teología india. No podemos dejar de pensar en su legado que nos compartió articulando fuertemente la teología y la pastoral indígena. Pablo Debazies también se nos adelantó dejando un gran aporte y legado a la iglesia uruguaya. Muchos otros se han enfermado de gravedad, pero han resistido y siguen con nosotros.

Hace unos días supimos la triste noticia de que ha muerto Pablo Richard. Él fue uno de los principales teólogos de la liberación. Experto en Biblia, estudió en Austria, Jerusalén, Roma y Francia. Sus aportes fueron sociológicos, históricos, teológicos y bíblicos. Fue uno de los grandes impulsores del movimiento bíblico en América Latina y de la propia teología de la liberación. Cercano, amable, responsable, de gran lucidez y amplio conocimiento. Su gran valor personal, en mi opinión era su libertad, era un hombre libre, donde su opción por los pobres era central en su toma de decisiones. Trabajó por muchos años en el DEI (Departamento Ecuménico de Investigación). Yo lo conocí en 1991, cuando viaje por primera vez a Nicaragua, en esa ocasión tome un camión de Managua a San José en la famosa línea “tica bus” para ir a inscribirme en los famosos talleres que ofrecía el DEI. Tuve suerte al encontrarlo ya que siempre estaba de viaje dando cursos por toda América Latina. Lo encontré esa vez y platicamos muy fraternalmente, como después lo hacíamos cada vez que nos veíamos.

En 1994 tomé estos cursos en el DEI, como muchos y muchas latinoamericanos/as. Pablo era el líder en ese momento. Sus clases eran un regalo, abrían nuevos horizontes liberadores, pero también abrían tu corazón a los demás. En ese momento, muchas de nuestras pláticas iban en torno a comprender mejor a sus hijos, una “novedad epistemológica” me decía él. En un viaje a Costa Rica en 2017 me invitó a una feria de libro para ver la presentación de la obra que había escrito su hija, se trataba de un libro infantil. Él estaba nervioso y emocionado por el logro de su hija. Fue una tarde linda y muy conmovedora. Después fueron muchos encuentros en América Latina donde pudimos continuar el diálogo fraterno con él y nuestra amistad. Conocía mi vida y yo gran parte de la suya. En uno de estos encuentros se me acercó inmediatamente cuando me vio. Me dijo –y lo recuerdo perfectamente- “Sé que eres conocido por mí, reconozco tu rostro, pero no me acuerdo de tu nombre” y me platicó que un día se despertó sin acordarse de nada, después poco a poco y con la ayuda de varios doctores fue recobrando la memoria, pero en ese encuentro, no me dejó, se agarró de mi brazo y me dijo: te pido que me ayudes diciéndome los nombres que me saludan. Él no quería ser grosero. Y así lo hicimos. Ésta pérdida de memoria fue el inicio de muchos de sus males físicos, sobre todo cognoscitivos. Pero esto no impidió que siguiera produciendo o dando talleres, eso sí, cada vez eran menos por órdenes de los doctores. Posteriormente tenía recaídas, pero eran menores, pero me consta que se cuidaba mucho, caminaba bastante y rápido como le habían pedido los médicos. Después siguió trabajando con “personas que vivían en la calle” sacando un nuevo libro en torno a su experiencia en este acompañamiento. A su edad y después de haber recorrido tanta caminata liberadora, estaba muy emocionado por este trabajo que estaba haciendo. En ese libro me escribió el 10 de octubre del 2017 una dedicatoria que decía “Para Alejandro, que estás páginas te ayuden a escuchar a los que nadie escucha”, estábamos en el Encuentro Intergeneracional que realizamos en la Iberoamericana de Puebla. Su vida comprometida con los más pobres, su exigencia y responsabilidad con la calidad académica en su producción teórica, su cercanía y cariño con todos con los que trataba, una vida llena de decisiones difíciles y con altas y bajas en su salud que no le impidió continuar su trabajo, son elementos que debemos valorar, agradecer y continuar.

Siguiendo los títulos y subtítulos de algunos de sus libros podemos decir que la gran herencia de Pablo fue seguir reconociendo en la “fuerza histórica de los pobres” el Espíritu liberador que se hace historia y nos impulsa a seguir construyendo, reconociendo y amando a los más “pequeños”, para escucharlos porque “nadie los escucha” y junto con ellos y ellas “reconstruir la esperanza”, proponiendo siempre, la “teología de la vida contra el capitalismo salvaje” y denunciando a los “ídolos opresores”.

El autor es académico de la Universidad Iberoamericana Puebla.

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