¿Quién al escribir no ha tenido una falta de ortografía e incluso un craso error al dar un dato por otro que no es en realidad el exacto?
Cuando acontece un “error de dedo” en un escrito se recurre al llamado “fe de erratas” que trata sobre los errores encontrados en el material impreso publicado, libros o revistas, que resultan de fallas mecánicas de algún tipo. Dichas correcciones se encuentran en un apartado dentro de la misma publicación, en la cuales se señalan la naturaleza del error y su ubicación dentro del contexto.
Errata es originalmente el plural del sustantivo del latín erratum. Surgido a mediados del siglo XVII como un sustantivo singular, que significa “una lista de errores o correcciones que deben hacerse en un libro”. A pesar de las objeciones de algunos sobre su uso en singular, las erratas eran frecuentes en la primera impresión e incluso también en impresiones posteriores.
Como un sustantivo singular, la errata ha desarrollado un “erratas” de forma plural en inglés, que rara vez se usa, a menos que se acompañe de la palabra “fe”. El término también aparece en el diario de Benjamín Franklin, donde se refiere a los diversos errores de su propia vida como: “erratas”.
Los errores son antiquísimos y justamente gracias a éstos es la forma más común de aprender pragmáticamente, sin embargo, existe históricamente un origen del porque nos equivocamos y plasmamos una palabra, significado o número por otro.
Durante la Edad Media existió un demonio, de acuerdo a la cosmovisión de entonces, al cual responsabilizar por las faltas ortográficas. Su nombre fue: Titivillus o Tutivillus. Perdón, dije se llamó, es decir, lo enuncié en pasado, pero muy seguramente, todavía deambula por aquí y estoy seguro que a muchos de mis compañeros columnistas alguna vez los ha visitado este ser infernal.
Titivillus o Tutivillus era el responsable de hacer patinar a los monjes copistas de la Edad Media para cometer faltas ortográficas al redactar o copiar libros.
Era el demonio más temido por los responsables de un documento. Como cada libro era una obra única por ser producida a mano (aunque fuera copia de otra, finalmente tendría los rasgos del copista), eso haría pasar a la posteridad al responsable, como alguien que sucumbió a las artes de este demonio. Este diablo trabajaba a nombre de Lucifer con el propósito de que la palabra (particularmente la divina) no pasara de forma correcta a la posteridad.
Por ello, en la Edad Media los únicos que podían aspirar a saber leer y escribir eran los monjes (imposible monjas, que bajo la concepción de ese entonces, eran portadoras de pecado y además un producto divino indirecto). La preparación en la palabra divina a los monjes los hacía inmunes a caer en la desobediencia. Sin embargo, Lucifer, pendiente de tentar al hombre para robar su alma y entorpecer la obra divina, encomendaba a Titivillus tentar a los hombres de dios.
La hazaña más conocida de este diablillo es la de la que se ha terminado por conocer como la “Biblia Malvada”, en 1631. Los impresores londinenses Robert Barker y Martin Lucas distribuyeron una copia de la Biblia del Rey Jacobo por encargo de Carlos I de Inglaterra, en la que en uno de los mandamientos se olvidaron de incluir el “NO” y el resultado fue un rotundo “Cometerás adulterio”. Cuando las autoridades se dieron cuenta de este error, considerado de gravedad ya que incitaba a una conducta lasciva y en nombre de la Biblia ¡nada menos!, se mandaron destruir todas las copias, se les retiró la licencia para imprimir y se les multó con 300 libras. Obviamente Barker quebró, no pudo pagar la multa y pasó los últimos diez años de su vida entrando y saliendo de la cárcel por aquella jugarreta de Titivillus.
Este demonio, multiplicado –como todo ser sobrenatural– en miles de veces, no solo tentaba durante la producción de una obra en miles de diferentes monasterios en toda Europa. También era responsable de la charla ociosa, particularmente durante los servicios religiosos (como la misa o el tiempo de oración personal), de la mala pronunciación en las lecturas en voz alta –por omisión de alguna palabra o el tartamudeo–, así como de la murmuración y la falta de atención (a estas alturas, casi estoy a punto de admitir que mis alumnos universitarios están definitivamente poseídos por este demonio).
Tenía el don de la ubicuidad para estar presente en varias partes en un mismo monasterio y en otros muchos y hacer que los hombres cometieran errores y patinaran en su comunicación.
A Titivillus se le representaba como un demonio enano, feo, cargado con una pila o un saco de libros a la espalda haciendo travesuras todo el tiempo a los pobres monjes copistas.
Confieso haber sido víctima de este diablillo ya que en la columna pasada, publicada en éste espacio, titulada: “Pobres mexicanos, tan cerca de la corrupción y tan lejos de la ley” hago referencia a la Constitución mexicana cuyo contenido ostenta en realidad 136 artículos más no 116 como lo escribí.
Mil disculpas mis estimados lectores espero su comprensión que demuestra mi condición de humano, demasiadamente humano.
¿Tú lo crees?… Sí, sin duda.





















